sábado, 30 de mayo de 2009

BRILLANTES, BEBEDORES, PATIBULARIOS.

"Dijo Albert Camus: "Si escribes claro tendrás lectores; si escribes oscuro tendrás comentaristas y discípulos". En aquellas noches de la Transición entraba Juan Benet en Bocaccio montado en su propia petulancia y lo que más molestaba a sus colegas, que escribían claro, no es que fuera un escritor oscuro; simplemente se hacía odiar porque daba siempre la sensación de que llegaba de un lugar donde lo había pasado muy bien y en esta profesión eso no se perdona. Sentado en el peluche o junto a la barra con un pie en el estribo al cuarto de hora ya había espantado a los idiotas con sus impertinencias. Tenía un alcohol peligroso, muy despectivo, pero entre todos los de su generación era el que sabía mover mejor el hielo del gin tonic o del güisqui con la yema del dedo índice sin dejar de citar a la vez a Saint Simon o incluso a Jenofonte a las tres de la madrugada.

Pese a su diseño de esnob a la inglesa, alto, de hueso estrecho, cuello largo y el vientre de lavabo, en su juventud fue proclive al madrileñismo castizo e incluso actuó de banderillero en una plaza de carros. En compañía de su amigo Martín Santos, que no le iba a la zaga en la inteligencia agresiva de joven superdotado, paseó su figura con aire displicente por la cota de la calle Barquillo y se reflejó en los escaparates galdosianos poblados de bragueros, suspensorios y piernas ortopédicas, pensiones de viajeros y estables, tascas aceitosas y prostíbulos donde a media mañana, mientras las pupilas aún dormían, se podía jugar al parchís con una matrona coronada de bigudíes, bata de felpa y rímel corrido, pero sumamente amorosa, una afición que compartía con la absoluta pureza de la clase de física matemática en la academia de Gallego Díaz.

Juan Benet iba a ser ingeniero de Caminos; Martín Santos era médico y hacía el doctorado en psiquiatría. Los dos llevaban ya la literatura sumergida, alimentada con lecturas voraces de los autores más consistentes, una vocación que mantenían en secreto para evitar el ridículo. En ambos casos su erudición establecía unas justas en los veladores del café Gijón y entre el grupo de amigos cada uno tenía ya sus partidarios. ¿Cuál de estos dos intelectuales soltaba la frase más inteligente, la ironía más acerada, el desprecio más cáustico, la novedad más imprevista, la cita más hermética? Después de hablar hasta la extenuación de Heidegger, de Conrad, de Jaspers, de Joyce, de Ortega o de Proust, los dos en comandita se iban de putas. Sabían que un día romperían a escribir y en este sentido se vigilaban mutuamente como corredores antes de sonar el disparo de salida. Se habían conocido por amigos comunes en las reuniones literario-filosóficas de Gambrinus o tal vez en la tertulia de Baroja en la calle de Alarcón. Eran complementarios.

Martín Santos parecía más brillante, más bebedor, más prostibulario; era un socialista muy politizado, nacido en Larache, hijo de un general vencedor, afincado luego en San Sebastián donde tenía su consulta de psiquiatría. Benet había nacido en Madrid donde su padre fue fusilado por el bando republicano al iniciarse la guerra. La familia se trasladó a San Sebastián y volvió a Madrid al final de la contienda. Ahora andaba con su cerebro cubierto con un casco de ingeniero por Ponferrada, Oviedo, el Pirineo, levantando presas, sumergiendo pueblos en los pantanos. Uno entre locos, otro entre cemento armado.

Juan Benet había comenzado a publicar desde muy abajo. Su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada, pagado a sus expensas, lo sacó el editor anarquista valenciano Giner, en 1961, en un catálogo donde figuraba en segundo lugar después de un manual para utilizar olla exprés. Pero, de pronto, Martín Santos le ganó por la mano. Mientras en su consulta atendía a gente más o menos desequilibrada, escribía de forma compulsiva, casi clandestina, una novela que le daría súbitamente la fama. Con Tiempo de silencio, publicada por Seix Barral en 1962, Martín Santos metió a Joyce como un disolvente en el realismo social del momento y ese espejo literario que reflejaba el ala de mosca del franquismo se quebró en mil vidrios y cada fragmento era un guiño que deslumbró a críticos y lectores progresistas. El éxito de Martín Santos pilló a contrapié a su amigo Benet. Se daba por supuesto que era el ingeniero y no el psiquiatra el que iba ser escritor. Benet no supo evitar los celos, aunque los remedió mediante una crítica sumamente acerada e inteligente de la novela, pero la competencia no pudo ir más allá porque Martín Santos murió poco después en un accidente de coche en Vitoria y su carrera literaria quedó truncada a mitad de la gloria, que se acrecentó cada día impulsada por su desaparición. Parecía que la historia de la novela contemporánea española la dividía una línea que atravesaba la tripa de estos dos caballos.

En Tiempo de silencio quedó reflejada la figura de Benet en el personaje de Matías. Fue otro factor de desencuentro. Benet se sintió en cierta forma traicionado por su amigo. Ese Matías era un contrapunto del propio Martín Santos y no estaba a la altura del concepto que Benet tenía de sí mismo. El humor de ese personaje, sus aventuras nocturnas eran más bien rudimentarias, sus golferías tampoco tenían demasiada gracia y en los debates de la inteligencia en las noches de vino largo siempre salía derrotado por el protagonista, cosa que no sucedía en la vida real. Benet se vio como un actor de reparto en esta historia.

Puede que el impulso de quemarse las alas de Ícaro contra el sol lo tomó Benet como una reacción a la herida que le infirió en su orgullo literario Martín Santos y una vez puesto a derrumbar falsas empalizadas cargó no sólo contra el costumbrismo y el realismo social sino también contra la moda del pensamiento interior con todos los grumos del subconsciente, que su amigo había introducido en la novela que le había dado fama, bebido directamente de Joyce.
Con tal de alejarse de los portales con olor a berza, del tremendismo ibérico y del casticismo el médico psiquiatra se había ido a Dublín y el ingeniero se largó a Misisipi y cada uno en ese lugar se puso al servicio de su amo. Los fantasmas de Joyce y de Faulkner comenzaron a pasearse por Madrid. Había que escribir de otra forma. La realidad tenía voces superpuestas, facetas poliédricas que al girar arrojaban luces contradictorias del tiempo distorsionado y había que expresarlas a través de periodos y párrafos llenos de oraciones derivadas hasta dejar al lector sin respiración, metido en un laberinto antes de llegar a la sustancia de las cosas.

Al final de este combate entre dos amigos Martín Santos ha quedado con el prestigio de un talento truncado por la muerte, con aires de leyenda. La novela Tiempo de silencio es una referencia en la literatura contemporánea, pero no deja de ser un reflejo paródico de un Joyce de segunda mano amasado con un costumbrismo madrileño. En cambio, a Juan Benet lo ha salvado, más allá de su obra, su actitud de enfrentarse a contradiós, con una irritante displicencia, a toda la garbanzada ibérica. Se ha cumplido el veredicto de Albert Camus: es un escritor con discípulos y comentaristas, sin lectores. A cualquier lugar donde uno vaya encontrará a un benetiano de guardia que se cree su representante en la tierra. Benet sabía innumerables cosas inútiles. Aplicó a la literatura la alta disciplina matemática, pero al final le esperaba una maldición. Su libro más leído, una verdadera joya literaria, es una obra costumbrista, Otoño en Madrid hacia 1950, que expresa el tiempo en que Benet paseaba su talento displicente por el mundo galdosiano, tan odiado."


El País, 30 de mayo de 2009.

domingo, 17 de mayo de 2009

MARIO BENEDETTI, IN MEMORIAM.

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
te piensas sin sangre
y te juzgas sin
te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti (1920-2009)

viernes, 8 de mayo de 2009

DIETA.

Soy enemigo de las legumbres
y muy amigo, en cambio, de la carne roja.
De la fruta sólo acepto
lo que usted, querida mía,
húmeda lleva entre las piernas.

Héctor Carreto.

jueves, 7 de mayo de 2009

EL INFIERNO TAN TEMIDO.

"Otra vez, la palabra muerte sin que sea necesario escribirla."

Juan Carlos Onetti.

lunes, 4 de mayo de 2009

PAPELES INESPERADOS (II)

Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo.
Lo que me gusta de tu sexo es la boca.
Lo que me gusta de tu boca es la lengua.
Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.

Julio Cortázar.

PAPELES INESPERADOS (I)

Te tendré que matar de nuevo.
Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima,
en Cristianía,
en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos,
en el burdel, en la cocina, sobre un peine,
en la oficina, en esta almohada
te tendré que matar de nuevo,
yo, con mi única vida.

Julio Cortázar.

viernes, 24 de abril de 2009

ENTREVISTA A NABOKOV.

En 1975 -cuando apareció en Francia Ada o el ardor- el novelista fue invitado al programa "Apostrophes", uno de los más influyentes de la televisión francesa que conducía el periodista y crítico literario Bernard Pivot (1935). Nabokov, como siempre hacía en las pocas entrevistas que concedía, pactó la conversación por adelantado. Durante el transcurso de la charla, fue leyendo sus respuestas que tenía escritas en unas fichas. Todo lo que tenía de soberbio, pedante y engreído lo tenía también de inseguro a la hora de contestar espontáneamente unas cuantas preguntas. Lo que sigue es la transcripción de esa entrevista.

Buenas noches, señor Nabokov. Son las 21 horas 47 minutos y 47 segundos. Habitualmente, ¿qué hace usted a esta hora?
A esta hora suelo estar bajo el edredón, con tres almohadas bajo la cabeza, un gorro de dormir, en mi modesto dormitorio que también me sirve de estudio. La lámpara de cabecera, muy fuerte, el faro de mis insomnios, todavía arde pero será apagada dentro de un momento. Tengo en la boca una pastilla de grosella, y en las manos una revista de New York o de Londres. La dejo, apago la luz. La enciendo, renegando en voz baja. Me meto un pañuelo en el bolsillo del camisón, y da comienzo el debate interior: ¿tomar o no tomar un somnífero? Qué deliciosa es la decisión positiva.

Pero, ¿qué horario hace usted en un día normal?
Tomemos un día de mediados de invierno. En verano hay más variedad. Me levanto entre las seis y las siete, y escribo con un lápiz bien afilado, de pie, ante el atril, hasta las nueve. Después de un frugal desayuno, mi mujer y yo leemos el correo, que siempre es muy voluminoso. Después me baño, me afeito, me visto, paseamos una hora por los floridos muelles de Montreux. Y después del almuerzo y de una breve siesta, el segundo periodo de trabajo hasta la cena. Este es el programa típico.

Cuando era más joven ¿ya hacía ese horario, o tenía arranques de pasión, impulsos que perturbaban sus días y sus noches?
¡Ya lo creo! A los veintiseis, a los treinta años, la energía, el capricho, la inspiración me llevaban a escribir hasta las cuatro de la madrugada. Raras veces me levantaba antes de las doce y escribía todo el día tumbado en un diván. La pluma y la posición horizontal han dado paso al lápiz y la vertical austera. Se acabaron los arranques. Pero, ¡cómo me gustaba el despertar de los pájaros, el canto sonoro de los mirlos que parecían aplaudir las últimas frases del capítulo que acababa de componer!

Ya sabíamos que escribir es la pasión de su vida, pero, ¿concibe una segunda vida en la que no escribiera?
Concibo muy bien otra vida en la que yo no sería novelista, inquilino feliz de una marfileña torre de Babel, sino alguien igual de feliz de otra manera, que ya he tanteado: un oscuro entomólogo que caza mariposas en verano, en países fabulosos, y en invierno clasifica sus descubrimientos en el laboratorio de un museo.

¿Se siente usted más ruso, más norteamericano, o más bien suizo, ahora que vive allá?
Le daré algunos detalles relativos al aspecto bastante cosmopolita de mi vida. Soy de una antigua familia rusa de San Petersburgo. Mi abuela paterna era de origen alemán, pero nunca aprendí esa lengua, no puedo leerla sin diccionario. Pasé los primeros veranos en el campo, en nuestra finca cerca de Petersburgo. En otoño íbamos al sur: Niza, Pau, Biarritz... Los inviernos en Petersburgo, ahora Leningrado. Nuestra magnífica casa de granito rosa sigue allí, en buen estado, al menos exteriormente, porque a las tiranías les gusta la arquitectura del pasado. La finca está situada en una llanura boscosa. Por la flora se parece al noroeste de Norteamérica: bosques de álamos, oscuros abetos, muchos abedules y unas espléndidas turberas, multitud de flores y mariposas más o menos árticas. Esta fase totalmente feliz duró hasta el golpe de Estado bolchevique. Unos campesinos, en un exceso de celo quemaron el castillo y requisaron la casa. En abril de 1919, tres familias Nabokov, la de mi padre y la de sus dos hermanos tuvieron que abandonar Rusia vía Sebastopol, vieja fortaleza del infortunio. El ejército rojo procedente del norte invadía Crimea, donde mi padre era ministro de justicia en el gobierno provincial, durante el breve periodo liberal antes del terror leninista. Aquel mismo año, en octubre de 1919, yo empezaba los estudios de Cambridge.

¿Cuál es su lengua preferida: el ruso, el inglés o el francés?
En la lengua de mis antepasados me siento perfectamente cómodo, pero no lamentaré jamás mi metamorfosis norteamericana. El francés, o mejor dicho, mi francés, que es una cosa muy especial, no se doblega tan bien al suplicio de mi imaginación. Su sintaxis me impide ciertas libertades que me tomo con las otras dos lenguas. Ni que decir tiene que adoro el ruso, pero el inglés lo supera como instrumento de trabajo. Lo supera en riqueza, en riqueza de matices, en prosa delirante y en precisión política. Una procesión de niñeras e institutrices inglesas viene a mi encuentro cuando vuelvo a mi pasado.

¿Eso es una cita?
Es una cita. Lo he sacado de una traducción muy buena... A los tres años hablaba mejor el inglés que el ruso, pero hay un periodo entre los diez y los veinte años en que aunque leía a muchos autores ingleses, Welles, Kipling, Shakespeare, la revista "The Boys on Paper", por citar sólo obras cumbres, hablaba muy poco en inglés. Aprendía el francés a los seis años. La institutriz, Mademoiselle Cecil Miotton, estuvo con nosotros hasta 1915. Empezamos con Cantar de mio Cid y Les misérables. Pero los tesoros estaban en la biblioteca de mi padre. A los doce años ya conocía a todos los poetas benditos de Francia. "Recuerdo, recuerdo, ¿qué quieres de mí? / El otoño hacía volar al tordo a través de aire átono / el bosque amarillento donde la brisa desentona" . Y, es curioso, en tierna edad, yo ya comprendía que Verlaine no habría debido usar una rima tan incestuosa átona-desentona, tienen la misma raíz. Este es el calendario de mis tres lenguas.

El exilio, porque usted es exiliado, por doloroso que sea, ¿no es para los creadores como usted algo estimulante, una posibilidad de enriquecimiento para el espíritu, la sensibilidad creadora?
Le explicaré cómo ocurrió. Después de pasar los exámenes de Cambridge, muy fáciles, de literatura rusa y francesa (había elegido bien), tenía el título de diplomado en letras que no me sirvió de nada en mis intentos de ganarme la vida sin escribir libros, de modo que me puse a escribir relatos, novelas, en ruso, para los diarios y revistas de emigrados en Berlín y en París, los dos centros de expatriación.

¿En qué años más o menos?
Viví en Berlín y en París entre el '22 y el '39.

De acuerdo.
1922 y 1939.

Ya.
Soy pedante con las fechas. Sigo... Cuando pienso en aquellos años de exilio me veo a mí y a miles de rusos blancos llevando una vida extraña pero nada desagradable en la indigencia material y el lujo intelectual, entre aborígenes más o menos ilusorios, franceses o alemanes con quienes mis compatriotas no tenían el menor contacto. Pero de vez en cuando aquel mundo espectral donde exhibíamos nuestras heridas y placeres era presa de temibles convulsiones que nos mostraban quién era el cautivo desencarnado y quién era el amo. Eso ocurría cuando teníamos que prorrogar unos diabólicos carnés de identidad, u obtener, cosa que tardaba semanas, un visado para ir de Paris a Praga, o de Berlín a Berna. Los emigrados ya no eran ciudadanos rusos, y la Sociedad de Naciones les daba un pasaporte llamado Nansen, un papelote que se rasgaba cada vez que uno lo desplegaba. Las autoridades, los cónsules británicos o belgas, parecían creer que poco importaba lo miserable que fuera un Estado, pongamos la Rusia soviética: cualquier fugitivo de ese Estado era más despreciable por el hecho de existir fuera de una administración nacional. ¡Pero no todos nos resignábamos a ser bastardos o fantasmas! Pasábamos de Menton a San Remo, por ejemplo, tan tranquilos, por senderos de montaña, conocidos por cazadores de mariposas y poetas despistados. La historia de mi vida, pues, se parece menos a una biografía que a una bibliografía: diez novelas en ruso entre los veinticinco y los cuarenta años, y ocho novelas en inglés entre los cuarenta y ahora. En 1940 salí de Europa para ir a Norteamérica y hacer de profesor de literatura rusa. De pronto me descubro una incapacidad total de hablar en público. Por tanto, decido escribir por adelantado más de cien conferencias anuales.
Quisiera hacerle una pregunta que quizá juzgue algo íntima: ¿por qué vive en Suiza, en un hotel, en Montreux? ¿Por qué no en los Estados Unidos? Rechaza los Estados Unidos, la vida norteamericana? ¿Rechaza la propiedad privada, o bien, eterno emigrado, se niega a quedarse en un lugar?

¿Por qué el hotel suizo?
Suiza es un país encantador, y la vida de hotel facilita mucho las cosas. Echo de menos Norteamérica, y espero regresar para pasar allí al menos otros veinte años. La vida tranquila de una ciudad universitaria en Norteamérica no presentaría grandes diferencias con Montreux, donde las calles son más ruidosas que en la provincia norteamericana. Además, como no soy lo bastante rico -como nadie es lo bastante rico- para revivir totalmente mi infancia, no vale la pena instalarse para siempre. Porque es imposible recuperar el sabor del chocolate con leche suizo de 1910. Ya no existe. Mi mujer y yo pensamos en una villa en Francia o Italia, pero el espectro de la huelgas de correo muestra todo su horror. La gente de profesión sedentaria, las ostras tranquilas, aferradas al nácar natal, no se dan cuenta de cómo un correo regular y seguro como el suizo alivia la vida de un autor, aunque la ofrenda de una mañana normal consista sólo en algunas cartas comerciales y dos o tres peticiones de autógrafos. Y la vista del lago desde el balcón, el lago Leman, ese lago que vale toda la plata líquida a la que se parece; es una mala metáfora.
Además del exilio y el extrañamiento, ¿cuáles son los temas principales de su obra?
Además del extrañamiento, yo me siento forastero siempre y en todo lugar, es mi estado, es mi trabajo, mi vida. Me siento en casa entre recuerdos muy personales que no tienen relación alguna con una Rusia geográfica, nacional, física, política. Los críticos emigrados en París, y mis maestros en Petersburgo tenían razón, por una vez, al quejarse de que no fuera lo bastante ruso. Es así. Y en cuanto al tema de mis libros, ¡hay de todo!

¡Usted me esquiva!
Sí.

¿Para usted, una novela no es ante todo una buena historia?
Eso es, una excelente historia. Pero mis mejores novelas no tienen una, sino más historias que se entrelazan en cierta manera. Pálido fuego posee ese contrapunto, y Ada o el ardor también. Me gusta ver el tema principal irradiando a través de la novela y desarrollándose en pequeños temas secundarios. A veces es una digresión que se convierte en drama en un rincón del relato. O bien las metáforas de un discurso elevado se unen para formar una nueva historia.

Las historias que se inventan los novelistas -y pienso en un novelista llamado Vladimir Nabokov, las historias inventadas, ¿son más interesantes que las de la vida?
Entendámonos: la historia verdadera de una vida también ha tenido que ser contada por alguien, y si es una autobiografía escrita con pluma pudibunda por un personaje sin talento puede parecer muy sosa al lado de una invención maravillosa como el Ulysses de Joyce.

¿Es su libro favorito?
Sí, mi gran modelo.

Nabokov es Lolita, es la ecuación de siempre. ¿No acaba molestándole el éxito de Lolita, tan considerable que se puede pensar que usted es el padre de una única niña algo perversa?
Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien una vez pregunta: "¿Siempre viviremos así haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?". Pero respondiendo a su pregunta: su éxito no me molesta. Yo no soy Conan Doyle quién, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de Africa que imaginaba muy superior a su Sherlok Holmes. Y es muy interesante plantearse como hacen ustedes los periodistas, el problema de la tonta degradación que el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público. No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada, sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de veinte años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas nínfulas o "Lolitas" en revistas italianas, francesas, alemanas, etcétera. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro. En realidad, Lolita es una niña de doce años mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el abismo entre su edad y la de la niña produce el vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la seducción, atracción de un peligro mortal. En segundo lugar, la imaginación del triste sátiro, convierte en criatura mágica a aquella colegiala norteamericana tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, sólo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Este es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa.

Si bien se mira, hay bastante erotismo en su obra.
Hay bastante erotismo en la obra de cualquier novelista de quien se pueda hablar sin reírse. Lo que llaman "erotismo" es uno de los arabescos del arte de la novela.

Lo que sorprende, sobre todo en Ada..., es el gusto por el detalle: cada objeto en su sitio, la referencia exacta; todo es muy minucioso en sus libros, usted es un perfeccionista, y un aficionado a las mariposas; en Ada... hallamos muchas veces su gusto por ellas.
Excepto algunas mariposas suizas en Ada..., me inventé las especies, pero no los géneros. Es un detalle simpático, ¿verdad? Sostengo que es la primera vez que alguien se inventa mariposas científicamente posibles en una novela. Se me podría responder: usted satisface al sabio y abusa de la ignorancia del lector sobre las mariposas, pues si se hubiese inventado un nuevo tipo de perro o de gato para los señores del castillo, la superchería hubiera irritado al lector, que habría tenido que imaginarse un cuadrúpedo bastante mitológico cada vez que Ada recoge al animal en brazos. Lástima que no haya intentado inventarme cuadrúpedos. Lo siento. Pero me inventé un árbol nuevo para el jardín del castillo. Algo es algo.

Usted ha escrito este libro maravilloso La defensa, ¿es un buen jugador de ajedrez? Y hablando de ajedrez, ¿qué piensa de Fischer?
Yo era un jugador de ajedrez bastante bueno. No un "Gross Meister" (literalmente Grueso Maestro) como dicen los alemanes. Pero era un buen jugador de círculo, capaz de tender una trampa a un campeón aturdido. Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio. Me gusta componer los problemas llamados "suicidas" en los que las blancas obligan a las negras a ganar. Sí, Fischer es un ser extraño pero no tiene nada de anormal que un jugador de ajedrez no sea normal, que sea así. Hubo el caso del gran Rubinstein, a principios de siglo. Del manicomio donde solía vivir, una ambulancia lo llevaba cada día a la sala del café donde se celebraba el torneo y después lo devolvía a su casilla negra, después del juego. No le gustaba ver a su adversario, pero una silla vacía más allá de su tablero todavía le irritaba más. Entonces ponían un espejo y el veía su reflejo o quizá al auténtico Rubinstein.

Fischer es un caso de psicoanálisis.
No, no, es un gran jugador de ajedrez que tiene pequeñas manías.

Me ha parecido entender que no aprecia a Freud.
No es exacto. Aprecio mucho a Freud como autor cómico. Las explicaciones que da sobre las emociones de sus pacientes y sus sueños son de un burlesco increíble, pero hay que leerlo en la lengua original. No entiendo cómo se le puede tomar en serio. No hablemos más de eso.

Los escritores políticos tampoco son sus autores de cabecera.
Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos suspensivos.

Me han dicho que no le gusta Faulkner. Cuesta creerlo.
¡No! No soporto la literatura regional, el folklore artificial.

Una última pregunta, señor Nabokov, ¿puedo decir que usted, para resumir un poco, tiene la cultura del sabio y además la ironía del pintor?
Hay un rinconcito en la taxonomía entomológica que yo conocía muy bien, era el maestro, en los años '40, en el museo de Harvard. La ironía del pintor, eso no. La ironía es el método de discusión que usaba Sócrates para confundir a los sofistas; la inventó él y a mí Sócrates, entre otros, me cae muy mal. Por extensión, la ironía es una risa amarga. Mi risa es un chisporroteo bonachón que viene del vientre tanto del cerebro.

jueves, 23 de abril de 2009

MEDITACIONES, II, 14.

"Aunque debieras vivir tres mil años y otras tantas veces diez mil, no obstante recuerda que nadie pierde otra vida que la que vive, ni vive otra que la que pierde. En consecuencia, lo más largo y lo más corto confluyen en un mismo punto. El presente, en efecto, es igual para todos, lo que se pierde es también igual, y lo que se separa es, evidentemente, un simple instante. Luego ni el pasado ni el futuro se podría perder, porque lo que no se tiene, ¿cómo nos lo podría arrebatar alguien? Ten siempre presente, por tanto, esas dos cosas: una, que todo, desde siempre, se presenta de forma igual y describe los mismos círculos, y nada importa que se contemple lo mismo durante cien años, doscientos o un tiempo indefinido; la otra, que el que ha vivido más tiempo y el que morirá más prematuramente, sufren idéntica pérdida. Porque sólo se nos puede privar del presente, puesto que éste sólo posees, y lo que uno no posee, no lo puede perder."

Marco Aurelio.

VILLALAR.

"Desde que el honorable salió al balcón y dijo: «Cataluña soy yo», se ha redoblado por estos andurriales el estridente griterío de los gatos que quieren zapatos, de las Mariquitas que quieren ir de guantes, de las monas que quieren vestirse de seda. En los manuales de historia próximos futuros, bajo un epígrafe en negrita que dirá «El regionalismo», los estudiantes de bachillerato leerán: «Hacia finales de la década de los setenta, bla bla bla, el fenómeno histórico del regionalismo, bla bla bla.» Pero este futuro «fenómeno histórico» no fue en principio más que una pelotita de papel que López Rodó echó al aire una mañana tonta y que el rapidísimo pelotari Suárez, a la voz de «iMia!», empalmó de volea mientras pensaba: «¡Qué bola, Señor, qué bola!» Y así, el más listo de todos los políticos (si bien en la era de los Carter y los Giscard no es al fin tan difícil que un castellano fino, con instinto y reflejos para el carpe diem, llegue a brillar como un Solón o un Lorenzo el Magnífico) será el prestidigitador que habrá sabido transformar un engendro de despacho en fenómeno histórico arraigado en el fondo del alma popular.Pero tampoco quiero pensar que esta acción de nuestro inevitable salvador sea extraña a una leal intención descentralizadora ni es este sensato ingrediente administrativo lo que reprocho en el asunto. La culpa, la gravísima culpa cultural del presidente -y con ella el demérito que marca el techo de su inteligencia y su valor- está en la envoltura sugestiva en que ha dejado rebozarse el saludable intento descentralizador. Y aquí tampoco excluyo que subjetivamente pueda exculpar al presidente la posible transmisión hereditaria del daltonismo falangista, empecinado en jurar por verde fronda la más reseca hojarasca histórico-foIklórica y que tan engañosamente supo transfigurar en fervorosas e idílicas jornadas neoisabelinas los grises días de aquellas buenas y pacientísimas señoras del castillo de la Mota, que con sus Coros y Danzas demostraron su ciega capacidad para dejar convicto de cultura viviente y operante lo que no era sino una, por lo demás encomiable, restitución arqueológica.

Pero aunque tal dolencia le haya impedido ver al presidente la miseria cultural de semejante aditamento histórico-folklórico, es difícil pensar que la malicia del instinto político buscador de aquiescencias no haya tenido parte en la opción de avenirse a la más inerte superposición entre los posibles términos de descentralización en sus aspectos administrativos y las sedicentes unidades histórico-culturales. ¿Podríamos creer que ha estimado la vieja distribución territorial como algo tan perfecto y previsor que contenga en sí mismo, ya cantada, la figura óptima para una administración descentralizada? Inverosímil. Y si se trata, en cambio, del temor de que una descentralización escuetamente atenida a sensatos criterios administrativos y desentendida de los presuntos límites histórico-culturales daría lugar forzosamente a una materialística configuración técnico-burocrático-económica, ignorante y allanadora del espíritu, es un prejuicio pusilánime que sólo aqueja a quien está en una confusión muy española: la de tomar por espíritu el cadáver del espíritu, o sea el culto idolátrico de los nombres y los símbolos y la egolátrica embriaguez de la autoafirmación.

Pero cualquiera de esos dos puntos de vista no ha sido en todo caso más que el alibí de una opción vinculada a una necesidad extraña al contenido propio de la descentralización: al presidente le urgía asegurarse en un mínimo de tiempo una aquiescencia pública suficientemente amplia y general, a la vez que le apremiaba poder ofrecer al pueblo algo capaz de tenerlo entretenido. Y así, lejos de retener el tema de la descentralización en los grises límites de la pura reflexión administrativa, optó por servirse de él como instrumento de consolidación y estabilización política, dejándolo desbordarse por el cauce más barato, donde podría, sin embargo, atraerse un poderoso elemento sugestivo: la resonancia folklórica de una solución regionalista del designio descentralizador.

Apartada de las sedicentes unidades histórico-folklóricas, la descentralización habría carecido de toda fuerza sugestiva, al ofrecer la fisonomía abstracta y extrapersonal de un cambio de las reglas que organizan el medio y lo definen; coordinada, en cambio, a las divisorias del damero regional, le bastará la acción personificadora de los nombres propios -y sin que cuente para el caso si los nombres de región nombran o no colectividades definidas por algo más que la propia comunidad de nombre para ofrecerse bajo la figura, eminentemente sugestiva, de un cambio de condición en las personas.

La directa apelación por nombre propio desde el poder central resucita en quien la tenía más que olvidada la inmensa complacencia narcisista de sentirse andaluz, extremeño o castellano; las actitudes, gestos y clamores reivindicativos desertan de su designio nominal y se repliegan sobre su propio carácter placentero, convirtiéndose en fines en sí mismos.

¡Salve, país de imitación, raza de monas, España apócrifa, España cañí! ¿Puede haber algo más degradante para un hombre o para un pueblo, ya se llame español o castellano, que disfrazarse de sí mismo, con el lúgubre empeño de parecerse más a sí mismo cada vez? ¿Cómo es que no está aquí entre vosotros el hombre del camello, el único español que iría vestido, no de lo que es, lo que era o lo que quiere ser, sino de lo que el sol y el desierto quieren que se vista? (Si Pedro niega a Cristo, el gallo canta, pero si Cristo niega a Pedro, el gallo calla.) Si usarais el espejo no para contemplaros, sino para veros, advertiríais que la castiza zarzuela histórico-costumbrista de Los Villalares no tiene nada que envidiarle en lo maligno, grotesco y delirante a la solemne ópera imperial de Otumba, de San Quintín y de Lepanto. Esa zarzuela con que decís reivindicar la que llamáis España real reproduce punto por punto los rasgos más característicos de los pomposos fastos de la que llamáis España oficial: 1) el fetichismo de la identidad y la autenticidad; 2) el culto de los símbolos con la exaltación retórica concomitante; 3) la autoconvalidación apologética por identificación con una historia y unos antepasados (así los autonomistas han hablado de dar a las regiones una «conciencia histórica»); 4) el reivindicatorismo como actitud y expresión ontológica absoluta, permanente y total; 5) la mística de esa peculiarísima institución española llamada acto de afirmación (ya ha habido actos regionalistas que se han autodenominado literalmente así); 6) el gusto por las palabras que empiezan por «in» y terminan por «ble»: inalienable, irrenunciable, imprescriptible, etcétera, y 7) -que subsume a todos los anteriores- cultivar por espíritu el cadáver del espíritu.

Pero el narcisismo de las colectividades es inasequible al ridículo y este carnaval de falsos palurdos endomingados hete aquí que, como dicen los anuncios de la televisión, funciona. Mira por dónde ha ido a ser en los atuendos regionales donde se ha plasmado el nuevo traje nuevo del emperador. Han vuelto los dos sastres, los rostros tan iguales a sus rostros de antaño que se diría que en tan largo tiempo no han envejecido ni por un año, ni por un mes, ni por un día, ni por un instante. Traje nuevo del emperador, traje invisible que todos dicen ver, que todos reconocen y ponderan, pero que nadie se arriesga a describir y del que nadie osa enunciar tejido, guarnición, caída ni color es, en efecto, esta gran superchería de las peculiaridades, los rasgos diferenciales, la personalidad histórica, los caracteres socio-culturales privativos, pues en un mundo donde no hay dos cosas más gemelas que un yanqui y un nipón, que un chino y un egipcio, ¿cómo iba a ser distinto un andaluz de un castellano? La identidad de reacción, el absoluto mimetismo con que, frente a la autonomía de Euskadi y Cataluña, todas a una las demás regiones han alzado su banderita o su pendón y han coreado como un hatajo de borregos esa especie de voluntario autolavado de cerebro de los eslóganes rimados es ya un dato bastante elocuente de lo que hay que pensar sobre la justificación cultural de las autonomías, amén de un espectáculo que atrae sobre sí mismo la sospecha de estar favorecido y alentado por el poder central, con la intención de escamotear, al amparo de toda esa hojarasca, el alcance y el rigor del contenido administrativo de las autonomías, contenido cuya justificación no necesita, por cierto, basarse en diferencias. «El polvo del ganado saca al lobo de cuidado», dice el refrán, y así bien podría ser que la enorme polvareda narcisista de la sugestión folklórica de las autonomías sea la cortina de humo que esté sacando de cuidado a ese listísimo lobezno, para moverse a sus anchas y hacer camino por donde se le antoje, y yo no digo que para mal del pueblo -nunca he creído en malos-, pero sí para la sola forma de bien que él le desea y tal como él la entiende. Para mí, el mal de degradación, de primitivismo, de elementalidad, de infantilismo y (le estupidización que comporta esta hoguera de narcisismo, incoada y atizada sin el menor empacho en torno al tema de las autonomías, es ya un daño lo bastante grande, lo bastante irreparable (puesto que ¡vaya usted ahora a hacer bayeta y trapos de cocina con todos los pendones y banderas que en este medio tiempo se han alzado y esgrimido!) como para tener una opinión muy baja del modo en que entiende el bien de un pueblo, o de unos pueblos, el presidente Adolfo.

Cuando un estadista quiere mover o inmovílizar al pueblo suele poner a rendimiento una determinada figura o inclinación del ánimo que sospecha eficaz entre las gentes; pero lo inmediatamente eficaz en el ánimo de un pueblo es siempre lo más primitivo, lo más bajo, lo más elemental. Si el regionalisnio ha recibido una respuesta tan vivaz no es porque haya encontrado una figura cultural o necesidad o deseo particulares, elaborados y complejos: la respuesta de lo particular elaborado no es nunca pronta; pronta es sólo la respuesta de lo automático, y lo automático pertenece siempre -por inmadurez o por degeneración- a lo más genérico, elemental e informe. La llamada regionalista no ha ido a topar con nada rnás específico y determinado que el anónimo, incondicionado, indiferenciado resorte narcisista de las comunidades.

El opio de los pueblos que hoy se expende entre los españoles no es sino el narcisismo alternativo que el poder central elucubró cuando vio exhausta la rentabilidad política del narcisismo nacional: el «nosotros, los españoles», el «España y yo somos así, señora», el gol de Zarra contra Inglaterra en el mundial de Maracaná, constituyen un narcisismo que ha dejado de vender, que ya no consigue colocar un céntimo en bonos del Estado entre los españoles. Había que reorganizar todo el juego de espejos y producir reflejos diferentes para seguir cumplimentando la acrisolada práctica política de mantener al pueblo encandilado con alguna identidad. De los vetustos baúles centralistas, el presidente Adolfo, en funciones de ama de llaves del rancio solar hispano, fue solícita y amorosamente rescatando los viejos trajes regionales, el de charro, el de baturro, el de patán. Es verdad que el común y uniformador olor a naftalina era tan fuerte que disminuía hasta la casi total evanescencia cualesquiera cualidades que permitiesen distinguir los trajes unos de otros; se habría esperado, pues, ver vacilar a algún comparsa en el temor de ponerse el que no es, y sin embargo, helos aquí ya todos en escena, dispuestos a atacar con entusiasmo la chispeante y chocarrera zarzuela costumbrista de Los Villalares. ¡Música, maestro!"

Rafael Sánchez Ferlosio, El País, 2 de mayo de 1978.

martes, 21 de abril de 2009

MEDITACIONES, II, 12.

"¡Cómo en un instante desaparece todo: en el mundo, los cuerpos mismos, y en el tiempo, su memoria! ¡Cómo es todo lo sensible, y especialmente lo que nos seduce por placer o nos asusta por dolor o lo que nos hace gritar por orgullo; cómo todo es vil, despreciable, sucio, fácilmente destructible y cadáver! ¡Eso debe considerar la facultad de la inteligencia! ¿Qué son esos, cuyas opiniones y palabras procuran buena fama ¿Qué es la muerte? Porque si se la mira a ella exclusivamente y se abstraen, por división de su concepto, los fantasmas que la recubren, ya no sugerirá otra cosa sino que es obra de la naturaleza. Y si alguien teme la acción de la naturaleza, es un chiquillo. Pero no sólo es la muerte acción de la naturaleza, sino también acción útil a la naturaleza. Cómo el hombre entra en contacto con Dios y por qué parte de sí mismo, y, en suma, cómo está dispuesta esa pequeña parte del hombre."

Marco Aurelio (121-180)

MARINA O EL ARDOR.

"Su cabello negro caía sobre su frente, y su modo de sacudir la cabeza para echarlo hacia atrás, y su mejilla pálida pertenecían a ese tipo de revelaciones a las que acompaña el sentimiento inmediato de una verdad reconocida. Su palidez era luz, y el negro de su pelo era una noche resplandeciente."

Vladimir Nabokov.

lunes, 6 de abril de 2009

EPITAFIO.

Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.

Leopoldo Panero (1909-1962)

6 DE ABRIL DE 2009.

"Se preguntó, como ya lo había hecho muchas veces, si no estaría él loco. Quizás un loco era sólo una "minoría de uno". Hubo una época en que fue señal de locura creer que la Tierra giraba en torno al Sol: ahora, era locura creer que el pasado es inalterable. Quizá fuera él el único que sostenía esa creencia, y, siendo el único, estaba loco. Pero la idea de ser un loco no le afectaba mucho. Lo que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado."

George Orwell, 1984, regalo de Marina.

viernes, 27 de marzo de 2009

EN UN LIBRO MÍO MARINA SUBRAYÓ:

"Por causa de una cosa que queremos hoy y que mañana nos será indiferente, nos negamos a ver otra que ahora no nos dice nada, pero que habremos de querer más adelante, y quizá de haber consentido en verla hubiéramos llegado a quererla antes, abreviando así nuestros dolores actuales, bien es verdad que para sustituirlos por otros."

Marcel Proust.

jueves, 26 de marzo de 2009

LO QUE IMPORTA.

"Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho uno y otra vez. Las preguntas son éstas: Quién eres?... ¿Qué has querido de verdad?... ¿Qué has sabido de verdad?... ¿A qué has sido fiel o infiel?... ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?... Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera."

Sándor Márai.

martes, 24 de marzo de 2009

SOBRE HÉROES Y TUMBAS (II)

"... siempre es terrible ver a un hombre que se cree absoluta y seguramente solo, pues hay en él algo trágico, quizás hasta de sagrado, y a la vez de horrendo y vergonzoso. Siempre -decía- llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del marido engañado, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero ¡qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca?"

Ernesto Sabato.

martes, 17 de marzo de 2009

CARTA DE MIGUEL HERNÁNDEZ A JOSEFINA MANRESA.

"De aquí a media hora estaré otra vez preguntando en Marqués del Duero si hay carta tuya para mí y como no la haya me voy a cagar en el Papa más veces que él ha comulgado. Perdona la expresión, que no es muy bonita que digamos, pero me indigna de cuando en cuando este silencio tuyo [...]. Me tienes malhumorado por no decir otra frase que suene peor en tu oreja. Ganas me dan de seguir guardando esta carta hasta que no venga la tuya. Por lo visto tú te has dicho: le escribo una tarjeta y ya tiene bastante para contestarme en seguida. Pues no me da la gana, Josefina. Mis cartas has de pagarlas con cartas y no con tarjetas."

Miguel Hernández (1910-1942), noviembre de 1936.

lunes, 16 de marzo de 2009

SOBRE HÉROES Y TUMBAS (I)

"-Bruno siempre dice que, por desgracia, la vida la hacemos en borrador. Un escritor puede rehacer algo imperfecto o tirarlo a la basura. La vida, no: lo que se ha vivido no hay forma de arreglarlo, ni de limpiarlo, ni de tirarlo. ¿Te das cuentas qué tremendo?
-¿Quién es Bruno?
-Un amigo.
-¿Qué hace?
-Nada, es un contemplativo, aunque él dice que es simplemente un abúlico. En fin, creo que escribe. Pero nunca le ha mostrado a nadie lo que hace ni creo que nunca publicará nada."

Ernesto Sabato.

jueves, 5 de marzo de 2009

EL DONOSO ESCRUTINIO.

En el fondo todo lo que ves aquí da igual; lo acumulo porque sí, porque es mi único consuelo, porque a veces abro al azar algo que he escrito y leo unas páginas que llevan a otra dimensión del espacio y del tiempo, y con eso me basta.
[...]
Nunca he publicado nada ni lo haré.
[...]
Y en cuanto a los libros, te puedes llevar de ahí todo lo que quieras. Yo ya no leo. Hasta hace poco de vez en cuando leía, pero ya ni eso.

lunes, 2 de marzo de 2009

ENTREVISTA A NOAM CHOMSKY.

Lingüista revolucionario, activista tenaz y sempiterno idealista. Noam Chomsky (Filadelfia, 1928) es uno de los intelectuales estadounidenses más conocidos y mejor valorados fuera de su país. Pero en EE UU sólo quienes están vinculados a los círculos políticos de izquierdas no descafeinadas saben su nombre.

A él no le sorprende: por algo es el autor de libros como Los guardianes de la libertad. En él, junto a Edward Herman, desmenuzó en los ochenta el modelo de propaganda que impera en los grandes medios de comunicación estadounidenses, analizando cómo y por qué determinadas informaciones y opiniones -como la suya- se silencian sistemáticamente. Ahora, cuando acaba de cumplir 80 años, coinciden en las librerías españolas un libro suyo, Sobre el anarquismo (Laetoli) y Entrevista a Noam Chomsky, de Vicenç Navarro (Anagrama).

Anarquista declarado y tan optimista como para seguir apostando por un futuro donde el socialismo libertario vuelva a hacerse realidad, como ocurrió durante la Guerra Civil española, aún ocupa un despacho en el MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde ha sido profesor de lingüística desde los años cincuenta. Oficialmente se jubiló a principios del siglo XXI, pero sigue acudiendo a diario al edificio de formas sinuosas y colores chillones diseñado por Frank Gehry que alberga el departamento de filosofía y lingüística del MIT en Cambridge (Massachusetts). Se diría que su luminosa estancia, llena de libros y presidida por una enorme foto de Bertrand Russell, es su segunda casa.

La otra parte de su vida, la de activista político, tampoco apunta hacia la jubilación. Tras haber publicado decenas de libros, la mayoría para criticar la política exterior estadounidense Chomsky sigue escribiendo y recorriendo el mundo dando conferencias. La nula respuesta de Obama a la invasión israelí de Gaza, la lluvia de millones para salvar a los bancos de su país o el resultado de las recientes elecciones estadounidenses son temas que siguen haciendo pensar a este octogenario sereno, que no aparenta su edad y que recibe a El País en vaqueros y zapatillas deportivas.

Pregunta. El modelo económico de la prensa tradicional atraviesa sus horas más bajas. ¿Cree que los cambios que se están produciendo, motivados en parte por el peso que ha tomado Internet favorecen la irrupción de grupos sociales con menos poder en el ámbito de la comunicación?
Respuesta. Las fuentes de información todavía están en la prensa tradicional. Internet te da más variedad de opiniones, pero si realmente quieres saber los hechos, qué es lo que está pasando en los sitios, las opciones siguen siendo las mismas. No hay tantas fuentes de información como parece. Yo creo que la prensa tradicional va a sobrevivir. Encontrarán una manera de entender y utilizar la Red en su propio beneficio. Eso sí, la calidad sigue disminuyendo. La información es hoy más homogénea que nunca.

P. ¿No cree que las puertas que ha abierto la Red constituyen una amenaza para ese sistema de poderes del que usted hablaba en Los guardianes de la libertad?
R. Internet es un sistema muy valioso, pero también está amenazado. La próxima batalla es la lucha por la net neutrality. El acceso a Internet ya está restringido porque hay que pagar por él, pero ahora las empresas quieren que sea más fácil llegar a unas webs que a otras, en detrimento de quienes no pueden pagar por estar entre las de acceso rápido. Hay que evitar que eso ocurra.

P. Usted es uno de los mayores críticos con la política internacional de su país, pero, curiosamente, sus opiniones raramente aparecen en la prensa estadounidense.
R. Estados Unidos probablemente sea el país con el mayor grado de libertad de expresión del mundo, el Estado tiene capacidades muy limitadas para reprimirla porque en 1964 abolió el llamado acto de sedición. Pero la libertad tiene muchas dimensiones y otras formas de control, por ejemplo a través del impacto de la concentración de capital. Por eso usted verá mis artículos en Johanesburgo, pero no en The New York Times.

P. Europa siguió las pasadas elecciones presidenciales con detalle casi enfermizo. ¿Por qué cree que Estados Unidos sigue fascinando a los europeos?
R. El mundo de las relaciones internacionales es bastante parecido a la mafia. Y si tienes una tienda pequeña, te preocupa lo que piense el padrino, porque es peligroso. Europa se preocupa de lo que el padrino piensa, pero no creo que en realidad siguiera la campaña. Siguió todo lo que es superficial, sin entrar en los programas.

P. ¿Cree que la crisis económica podría provocar una crisis de valores que lleve a un cambio en la forma de organizarnos social y políticamente?
R. Ya está ocurriendo, creo que está bajo la superficie, y la mayoría de la gente la está empezando a sentir de forma instintiva. En la literatura popular del siglo XIX, uno de los temas principales es que quien trabaja el molino debería poseerlo. Hay muchos escritos de la revolución industrial de campesinos que dicen: 'El sistema industrial nos ha quitado nuestra cultura, nuestra individualidad, nos ha convertido en herramientas en manos de otros'. Esas cosas las escribió gente que jamás había oído hablar del anarquismo o del marxismo, pero lo pensaba de forma instintiva. Esta crisis vuelve a impulsar esas ideas.

P. Según los políticos, la mayor amenaza para la seguridad mundial ya no es el terrorismo, sino la inestabilidad provocada por la crisis. ¿Cómo interpreta usted ese mensaje?
R. Inestabilidad tiene un significado técnico: subordinación a EE UU. ¿Qué ha hecho Obama para lidiar con la amenaza? Rodearse de gente que contribuyó a crear esta crisis, como Timothy Geithner, Laurence Summers, los banqueros, y encontrar una fórmula para rescatar el sistema que ellos dominan y controlan. Todos los millones que Occidente está volcando para salvar sus instituciones financieras no sirven de nada frente a una crisis mucho mayor: hay mil millones de personas al borde de la muerte por inanición. Ésa es la crisis verdaderamente grave, y ese dinero no hace nada por ellos. Curiosamente, no lo he leído en un periódico americano, sino en uno de Bangladesh. Lo que más me sorprende, además, es que los periodistas de aquí nunca mencionen que todas las medidas que ha tomado Obama son exactamente las contrarias que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) recomiendan a los países pobres para salir de sus crisis.

P. Acaba de cumplir 80 años, ¿qué le hace seguir luchando?
R. Imágenes como ésa. [Chomsky indica un cuadro que cuelga de su despacho en el que se ve al ángel exterminador junto al cardenal Romero y seis intelectuales jesuitas asesinados en El Salvador en los ochenta por los escuadrones de la muerte]. Uno de mis fracasos es que ningún estadounidense sepa qué significa ese cuadro.

P. ¿Se ha sentido alguna vez como un Don Quijote?
R. No, porque los molinos son reales y algunos incluso los hemos abatido."La prensa tradicional hallará la forma de usar la Red en su beneficio" "La calidad de la información sigue bajando: cada vez es más homogénea"

El País, 2 de marzo de 2009.

JUEGOS PARA APLAZAR LA MUERTE.

Descubrir en otro
la palabra precisa,
la desolada materia del sueño,
inmóvil, fija sobre el papel.
Palabra que nombra fantasmas
pero también llamaradas de vida
y -al fondo- el eco del mar,
su perdurable presencia momentánea,
olas y horas, sílabas y símbolos.
Todo lo que nos queda, todo y nada:
juegos para aplazar la muerte.

Juan Luis Panero.

sábado, 28 de febrero de 2009

GUERRA PERMANENTE.

"Existe un estado de guerra permanente desde que existe una industria permanente del armamento."

Rafael Sánchez Ferlosio.

viernes, 27 de febrero de 2009

JARDÍN DE FLORES CURIOSAS (XIII)

La muerte de la anciana de 98 años Yang Huanyi, en la provincia de china de Hunan, el 23 de septiembre de 2004, habría pasado desapercibida para el mundo si no fuese por el hecho que de que la mujer, viuda de un granjero, era la última persona del planeta que hablaba la curiosa lengua nushu, hablada en Hunan exclusivamente por mujeres.
Yang, la última hablante de nushu, fue una de las principales representantes de China en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995 y aprovechó esa ocasión para entregar a los estudiosos gran parte de las cartas, poemas y artículos que había escrito en ese lenguaje, que fueron recopilados por la prestigiosa Universidad de Qinghua en un libro publicado este año.
Según se cree, el código secreto desaparecido con la anciana china habría sido creado hacia el siglo III de nuestra era y trasmitido desde entonces de generación en generación sólo a las mujeres. El nushu, que fue descubierto en 1998 por una profesora china, era el único lenguaje del mundo hablado exclusivamente por mujeres y casi no ha quedado documentación escrita, puesto que desde muy antiguo era costumbre quemar o enterrar con los muertos los manuscritos en nushu.
¿Cómo surgió esta lengua? Hace 1.700 años, las mujeres chinas estaban privadas de una educación formal y vivían encerradas en las casas de sus padres o de sus maridos, sometidas a la autoridad masculina, sin posibilidades de aprender a leer y escribir el idioma de los hombres. Fue así como aquellas campesinas analfabetas inventaron un idioma propio, que está considerado por los lingüistas como un sistema de comunicación único porque no tiene ningún paralelo hablado. Nushu en chino quiere decir escritura de mujeres. Además de literatura y folclore, las inscripciones en esta lengua pueden verse en diarios y abanicos donde se han encontrado reflexiones íntimas, consejos, correspondencia, así como descripciones de bombardeos y guerras.
Con el paso de los años se fue perdiendo esta especie de código secreto femenino hasta desaparecer por completo con la muerte de la señora Yang, por lo que el gobierno chino se está esforzando ahora por recoger y recopilar los escritos, a fin de poder conservarlo como parte valiosa de la rica herencia cultural china.
Uno de los documentos recuperados dice: "Los hombres se atreven a salir de casa para enfrentarse al mundo exterior, pero las mujeres no son menos valientes al crear un lenguaje que ellos no pueden entender". Otro señala: "Debemos establecer relaciones de hermanas desde la juventud y comunicarnos a través de la escritura secreta".
El idioma mandarín, como fundamento institucional de la cultura, incorporaba su estructura autoritaria, jerárquica y solemne, mientras que el nushu era para las mujeres la lengua de la vida cotidiana, de las emociones, de la espontaneidad, del mundo natural, de los sueños y de los deseos.
Por esa razón, en nushu las mujeres solían escribir las "Cartas del tercer día", unos folletos escritos sobre tela en los que trasmitían a sus hijas consejos sobre el matrimonio. Las "Cartas del tercer día", que contenían también canciones compuestas en nushu que expresaban sueños, esperanzas y sentimientos de las mujeres, eran enviadas a las novias el tercer déa después de la boda.
El ya desaparecido idioma de las mujeres contaba con unas 2.000 palabras, se escribía en columnas verticales, de izquierda a derecha y muchos de sus caracteres se inspiraron en los chinos, pero eran más estilizados, graciosos y personalizados. El lenguaje, que también se habló en otras zonas del sur de China, es una evolución de sistemas de escritura de hace más de 3 mil años utilizados por la civilización Yin, en la cuenca del río Yangtsé.
La extinción del nushu es apenas una pequeña parte de una tragedia mayor: la mitad de las lenguas que son habladas hoy se extinguirán antes del fin del siglo XXI; cada dos semanas muere una lengua en el mundo.

CARTA DE MARCEL PROUST A GENEVIÈVE STRAUS.

"Madame:

Amo a las mujeres misteriosas, puesto que vos sois una de ellas, y lo he dicho con frecuencia en Le banquet, en el que a menudo me habría gustado que usted se reconociese a sí misma. Pero ya no puedo seguir amándola por completo, y le diré por qué, aunque no sirva de nada, pues bien sabe usted que uno pasa el tiempo haciendo cosas inútiles o, incluso, perniciosas, sobre todo cuando se está enamorado, aunque sea poco. Cree que cuando alguien se hace demasiado accesible deja que se evaporen sus encantos, y yo creo que es verdad. Pero déjeme decirle qué sucede en su caso. Uno habitualmente la ve con veinte personas o, mejor dicho, a través de veinte personas, porque el joven es el más alejado de usted. Pero imaginemos que, después de muchos días, uno consigue verla a solas. Usted sólo dispone de cinco minutos, e incluso durante esos cinco minutos está pensando en otra cosa. Pero eso no es todo. Si alguien le habla a usted de libros, usted lo encuentra pedante; si alguien le habla de gente, a usted le parece indiscreto (si le cuentan) y curioso (si le preguntan); y si alguien le habla de usted misma, a usted le parece ridículo. Y así, uno tiene cien oportunidades de no encontrarla deliciosa, cuando de repente usted realiza algún pequeño gesto que parece indicar una leve preferencia, y uno vuelve a quedar atrapado. Pero usted no está lo bastante imbuida de esta verdad (yo no creo que esté imbuida de ninguna verdad): que muchas concesiones deberían dársele al amor platónico. Como yo deseo obedecer sus preciosos preceptos que condenan el mal gusto, no entraré en detalles. Pero píenselo, se lo suplico. Tenga alguna indulgencia hacia el ardiente amor platónico que usted despierta, si todavía se digna creer y aprobarlo.

Su respetuosamente leal,
Marcel Proust"

Según cuentan sus biógrafos, Marcel Proust fue un hombre con terribles conflictos sexuales. Amó por igual a hombres y mujeres, aunque no siempre fuera correspondido. Una de las mujeres de las que se enamoró fue Geneviève Straus, viuda del compositor Georges Bizet y una de las damas de sociedad más importantes de su época. Era 20 años mayor que Proust y a su alrededor se reunía la crema y nata de la intelectualidad francesa, incluido Proust. Incluso, fue ella la primera lectora de En busca del tiempo perdido.

jueves, 26 de febrero de 2009

FAUSTO.

"¡Reina de la noche, dígnate dirigir tu última mirada sobre mi miseria, ya que tantas veces, después de la media noche, me has visto velar en este pupitre! Siempre te me mostrabas entonces, pobre amiga, sobre un montón de libros y papeles. [...] Miserable agujero de pared tenebrosa, en el que sólo a duras penas penetra la grata luz del cielo, y en el quepor todo horizonte descubro este montón de libros roídos por los gusanos y legajos de papel empolvados que llegan hasta el techo."

Johann W. Goethe (1749-1832)

domingo, 22 de febrero de 2009

ADVERTENCIA SINGULAR.

"Hoy, 23 de enero de 1862, he sufrido una advertencia singular, he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad."

Charles Baudelaire (1821-1867)

viernes, 20 de febrero de 2009

LETRA.

Si osase decir mi boca
lo que siente el alma mía,
señora, tocar querría
donde la camisa os toca.

No es mucho no tener tasa
este temor de perderos,
pues, señora, en el quereros
de la misma suerte pasa:

desde el chapín a la boca
os adora el alma mía,
y sólo tocar querría
donde la camisa os toca.

Si os viese yo, mi señora,
y sin camisa os tocase,
y otro bien no desease
aquesta alma que os adora,

y entonces ojos y boca
tocase la boca mía,
lo demás yo tocaría
donde la camisa os toca.

Siento yo extrañamente
de ver que os está tocando,
con morir deseando
lo que ella goza y no siente;

pues diferencia hay poca
de su tocadura y mía,
señora, tocar querría
donde la camisa toca.

Anónimo del s. XVI

jueves, 19 de febrero de 2009

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO.

"Si a mí se me pidiese un nombre, uno solo, entre los aparecidos en la novela española de posguerra, con mayores posibilidades de supervivencia, es decir, con categoría suficiente para afrontar la inmortalidad literaria, yo daría, sin vacilar, el de Rafael Sánchez Ferlosio. Pero no es solamente ésta la razón por la que yo le otorgo la primacía de la promoción de "los niños de la guerra" -pese a su muy escasa obra-, sino porque su libro fundamental, El Jarama, se me antoja una síntesis perfecta de las cualidades de este grupo y porque, a su vez, El Jarama se ha erigido en patrón de no pocos narradores que han ido apareciendo con posterioridad; esto es, ha hecho escuela. (Ya veremos también cómo buena parte de la novela social-realista toma de este libro no la intención sino la técnica, ese descarnado objetivismo que tal vez nació como un experimento aislado antes que como un camino viable para la novela).

Basta conocer a Ferlosio para adivinar en él al hombre impar, el hombre diferente, para descubrir a través de su conversación una veta de genio y de ingenio que le individualiza; Ferlosio, en cualquier circunstancia, se mostrará indiferente a las seducciones del tópico y la uniformidad. Ferlosio será siempre Ferlosio, es decir, un hombre que haga lo que haga -vivir o escribir- lo hará siempre a su aire, desdeñando la rutina y las convenciones sociales. ¿Quiere decir esto que Rafael Sánchez Ferlosio es uno de los hombres que quedará en las letras españolas? He aquí, aunque otra cosa parezca, una difícil pregunta, con una sencilla respuesta: Ferlosio quedará si él se lo propone; si él decide un día seguir escribiendo. ¿Quiere usted decir que un hombre tan bien dotado, con unas cualidades excepcionales para el menester literario, puede abandonar espontáneamente la partida? Exactamente. Ferlosio no sólo puede abandonar la partida sino que de hecho, en punto a la novela, la tiene ya abandonada; esto es, desde que alcanzó el Premio Nadal a nuestros días, no creo que haya llenado una sola cuartilla con una intención puramente literaria. Tal posición ya da idea de la especial personalidad de este autor, que, como es sabido, linda con la literatura por todas partes: su padre es Rafael Sánchez Mazas, autor de La vida nueva de Pedrito Andía, y su mujer, Carmen Martín Gaite, digna novelista de la generación de "los niños de la guerra", también. Pero a estas alturas podría decirse que Ferlosio está hastiado de literatura. De momento, tras su resonante triunfo con El Jarama, Ferlosio se empecina en considerar la novela como un quehacer poco serio. De poco valen con él los argumentos de editores y amigos. Ferlosio no quiere saber nada; no quiere oír hablar de novela. La novela, sencillamente, le aburre. Es más, pese a tener compuestos dos hermosos relatos, uno sobre la venta de un potro en un ferial castellano y sobre el viaje a Madrid de un palurdo el otro, se niega terminantemente a editarlos. "Estas cosas -decía a José Vergés, su editor- son tonterías." Ferlosio es honesto consigo mismo; esto es, su determinación -definitiva o no, equivocada o no- no es el fruto de una pose, sino consecuencia lógica de su carácter. La literatura en esencia le parece un menester insulso, y él no quiere incurrir en él. Prefiere dedicar su tiempo a los estudios lingüísticos o al ensayo breve. Tengo entendido que Rafael Sánchez Ferlosio realiza desde hace tiempo trabajos de gramática y filología, trabajos que ignoro si algún día verán la luz, pero que, en cualquier caso, mostrarán la genialidad que portan dentro de sí todas las obras -incluidos los dibujos que realiza para entretenimiento de su hija- de este autor.

Después de todo, el verdadero talento, el auténtico genio, encubre casi inevitablemente excentricidades. De otro lado, la indolencia le viene de atrás (su padre, Rafael Sánchez Mazas, una de las mejores plumas de la generación de anteguerra, deja pasar lustros sin manifestarse). Ferlosio es inconstante y tornadizo y por ello es comprensible que lo que ayer le sedujo hoy le reviente. El tiempo nos dirá si su fobia hacia la novela es definitiva o si, tan espontáneamente como se fue, vuelve a ella. La narrativa española sería la primera en beneficiarse de este retorno.
Sea como quiera, la vida de Ferlosio marcha acorde con su postura ante el arte. Ferlosio aparenta solazarse buscando las vueltas a los convencionalismos. Si la gente duerme de noche, él duerme de día; si la gente se ajusta a un horario de trabajo, él trabaja en anárquico desorden; si la gente se encadena a una rutina de distracciones, tertulias, etcétera, él se distrae o charla cuando le da la gana. Ferlosio no se sujeta a la tiranía de una vida metódica. A veces desaparece de la circulación durante semanas. Otras se encierra en una habitación, solo, durante días. Al cabo, aparece, ojeroso, las barbas crecidas, pálido. Nadie sabe si estuvo trabajando -ni en qué- ni si estuvo durmiendo. Su mujer no muestra la menor extrañeza ante su conducta estrafalaria. Muchacha inteligente, se acomoda a estas extravagancias con toda naturalidad y le pone de comer. Él, no obstante, consciente de su carácter difícil, de sus eclipses domésticos sin aparente justificación, compadece a su esposa, de la que dice, en una de sus frases geniales, transida de un humorismo sombrío: "Carmen es como una viuda que tuviera el muerto en casa".
Decididamente, Rafael Sánchez Ferlosio, ni como hombre ni como escritor, es un ser vulgar.

Ahora bien, aparte de excentricidades, ¿qué veo yo en este autor para concederle tan amplio crédito? Lo diré en pocas palabras: en Ferlosio se da una mezcla de imaginación, observación y sentido del humor que no veo en ninguno de sus coetáneos. Con una, también rara, particularidad: estos ingredientes los manipula con tan espontánea naturalidad que sus libros, lejos de parecernos algo elaborado, se asemejan a los frutos y las flores silvestres, crecen espontánea, naturalmente. No son las suyas obras primorosas a base de retoques. Y si lo fueran, nadie advertiría tras su lectura cuáles fueron los personajes más afanosamente trabajados. Son libros inconsútiles, donde no se advierten costuras ni añadidos. Tanto Alfanhuí como El Jarama son obras de una pieza, libros que se dirían escritos de un tirón, fraguados a una temperatura uniforme, donde sus elementos se conjugan con tanta maestría que el conjunto no se resiente ni por exceso ni por defecto.

No pocos críticos, entre ellos Alborg, dicen que es difícil juzgar a un autor a través de dos libros tan dispares como Alfanhuí y El Jarama. Yo, en cambio, no veo tan dispares ambas obras. Es más, creo que tanto en una como en otra está Ferlosio entero. El que en Alfanhuí predomine la imaginación del poeta y en El Jarama el conductismo más estricto no quiere decir que pueda dudarse un momento de la paternidad de ambos. Lo que sucede es que estamos tan habituados a juzgar las obras por sus técnicas que olvidamos lo fundamental: el autor. Ferlosio pudo firmar Alfanhuí con letra cursiva y El Jarama con letra redonda, pero la rúbrica será la misma. En Alfanhuí no se prescinde jamás de una apoyatura real, ni en los ambientes ni en los diálogos. Alfanhuí es un maravilloso libro donde se hace realidad lo que no existe. El Jarama es un libro no menos maravilloso, donde se hace poesía de lo vulgar. Ferlosio en El Jarama nos da una receta no nueva -el objetivismo tímido lo lleva a sus últimas consecuencias- mediante la que enaltece la rutina de cada día. En suma, el que Ferlosio cargue de fantasía su primer libro y de vulgar realidad el segundo, no quiere decir que sus libros sean opuestos; bien se ve, tras una lectura atenta, que provienen de la misma fuente. El hecho de que el primero sea un devaneo poético y el segundo un relato realista nos demuestra la capacidad de Ferlosio para exponer su mundo desde muy diferentes enfoques; pero su mundo está lo mismo en un libro que en otro. En Alfanhuí nos demuestra que su potencia de inventiva es tan sutil, al menos, como las dotes de observador que evidencia en El Jarama.

Fantasía y observación. De esta segunda cualidad no anda mal la novela española, pero sí de imaginación. De ahí, el alto rango que yo concedo a Alfanhuí, un libro cautivador en todas las latitudes, pero esencialmente en España, hechos como estamos a una literatura a ras de tierra. Alfanhuí es una vaharada de aire puro, una obra jugosa y fresca en cuya peripecia uno se ve inmerso desde el primer capítulo, se identifica con ella hasta tal punto que llega a admitir como real el hecho de que un niño cuelgue unos lagartos al sol para obtener de sus escurriduras preciosos tintes. Y nada digamos de las aventuras posteriores de este niño y de los prodigiosos personajes con que se tropieza. Para mí, Alfanhuí tiene mucho de novela neopicaresca -con picardía idealizada, en fino-, un libro originalísimo, entroncado, sin embargo, con la mejor literatura española.

He dicho que el don de observación es el don mejor repartido entre los novelistas españoles de posguerra. Sin embargo, justo es añadir que ninguno ha alcanzado tampoco en este terreno la finura y la sutileza, la fidelidad y la penetración de Rafael Sánchez Ferlosio. El sentido de observación que, aunque a algunos sorprenda, ya manifiesta con nitidez en Alfanhuí, alcanza en El Jarama auténtico virtuosismo. Nunca se han escrito en España unos diálogos tan vivos como los de El Jarama. No creo necesario insistir en que El Jarama es su diálogo. Toda la gracia, la mediocridad, el hastío, la pereza mental, la ambición, los convencionalismos de una raza están ahí expuestos con las mismas palabras con que se exponen cada domingo veraniego en cualquier rincón de España. Quienes afirman que los diálogos de El Jarama no son naturales sino elaborados, demuestran tener muy poco oído, un don de observación desarrollado de manera incompleta. Estoy de acuerdo con Nora [Eugenio de Nora, poeta, crítico e historiador] en que El Jarama no trata de retratar a una determinada clase social. Creo que en todos los estratos sociales españoles escucharíamos en sus ratos de esparcimiento las mismas insustancialidades, con ligeras variantes de sintaxis y entonación, que oímos a esa docena de muchachos y muchachas un domingo a orillas del río Jarama. Es claro que los críticos, algunos críticos, han pretendido ver más cosas por debajo de esta novela. Por ejemplo, no faltó quien vio una alusión a la guerra civil en el paso fragoroso, atronador, de un tren por un puente sobre el río. Ferlosio se reía al leer esta interpretación y comentaba: "Pues la verdad, no se me había ocurrido".

Si no tuviéramos sus libros, bastarían estas anécdotas para acreditar su agudo sentido del humor. La ironía de Ferlosio es la que lubrica sus obras y la que le distancia -literalmente le separa- de sus compañeros de promoción y de no pocos novelistas de otros grupos. La delicada y soterrada zumba de Ferlosio, pese a no haber sido subrayada, que yo sepa, por nadie, con la insistencia que merece, es la que termina de caracterizarle y de imprimir a su arte unas resonancias clásicas y una estela perdurable. Ferlosio, como agudo humorista que es, no se esfuerza en hacer humor (el humor elaborado es lo más triste del mundo). El humor fluye de los diálogos -no olvidemos las escenas del merendero en El Jarama-, de las situaciones o de los tipos, y tanto vale aquí que recordemos al Coca-Coña, a Mauricio o al alemán de El Jarama como al herborista o al don Zana de Las industrias y andanzas de Alfanhuí. En resumen, y por encima de la gracia narrativa, de la capacidad fabuladora -¡qué gran autor de cuentos infantiles podría ser Ferlosio!- y de las dotes de observador de este autor, yo coloco su sentido del humor, su ingenio, la piadosa ironía con que contempla y transcribe las más vulgares escenas de la mediocridad humana.

Ya comprendo que para disfrutar de este escritor en toda su intensidad habrá que prescindir de traducciones y conocer el castellano con exactitud. De otra manera, inevitablemente, se nos escaparán matices sabrosísimos. A este respecto, recuerdo que una de las versiones de la obra, creo que francesa, al traducir la frase: "Pásame el Bambú" (el Bambú es, en España, al tiempo que una caña que se utiliza para pescar, una marca de papel de fumar) dice: "Pásame la caña", con lo que no sólo la gracia sino la significación literal de la frase quedan desbaratadas. He aquí un botón de muestra bastante significativo."

Miguel Delibes.

martes, 17 de febrero de 2009

NO SE CULPE A NADIE.

"El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tonteria de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendria que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahi arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridiculo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izqulerda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, sunque su mano izquierda le duela cads vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos."

Julio Cortázar.

lunes, 16 de febrero de 2009

LAS BEATRICES PRODUCEN AMORES INCONMENSURABLES.

"-Don Pablo -declaró solemne-. Estoy enamorado.
El poeta hizo del telegrama un abanico y procedió a sacudir ante su barbilla.
- Bueno -repuso- no es tan grave. Eso tiene remedio.
- ¿Remedio? Don Pablo, si eso tiene remedio, yo sólo quiero estar enfermo. Estoy enamorado, perdidamente enamorado.
La voz del poeta, tradicionalmente lenta, pareció dejar caer estas dos piedras, en vez de palabras.
- ¿Contra quién?
- ¿Don Pablo?
- ¿De quién, hombre?
- Se llama Beatriz.
- ¡Dante, diantres!
-¿Don Pablo?
- Hubo una vez un poeta que se enamoró de una tal Beatriz. Las Beatrices producen amores inconmensurables."

Antonio Skármeta.

miércoles, 11 de febrero de 2009

ESCRITORES.

"La mayor objeción a la actitud de los escritores y lectores de hoy es para mí la de que las inteligencias están como contraídas a lo actual, o sea como embotadas para lo distinto y, sobre todo, para lo pasado."

Rafael Sánchez Ferlosio.

lunes, 9 de febrero de 2009

ARTAUD A LOS RECTORES DE LAS UNIVERSIDADES EUROPEAS.

"Señor rector:

En la estrecha cisterna que llamáis "Pensamiento": los rayos del espíritu se pudren como parvas de paja. Basta de juegos de palabras, de artificios de sintaxis, de malabarismos formales; hay que encontrar - ahora - la gran Ley del corazón, la Ley que no sea una ley, una prisión, sino una guía para el Espíritu perdido en su propio laberinto. Más allá de aquello que la ciencia jamás podrá alcanzar, allí donde los rayos de la razón se quiebran contra las nubes, ese laberinto existe, núcleo en el que convergen todas las fuerzas del ser, las últimas nervaduras del Espíritu. En ese dédalo de murallas movedizas y siempre trasladadas, fuera de todas las formas conocidas de pensamiento, nuestro Espíritu se agita espiando sus mas secretos y espontáneos movimientos, esos que tienen un carácter de revelación, ese aire de venido de otras partes, de caído del cielo.

Pero la raza de los profetas se ha extinguido. Europa se cristaliza, se momifica lentamente dentro de las ataduras de sus fronteras, de sus fábricas, de sus tribunales, de sus Universidades. El Espíritu "helado" cruje entre las planchas minerales que lo oprimen. Y la culpa es de vuestros sistemas enmohecidos, de vuestra lógica de dos y dos son cuatro; la culpa es de vosotros - Rectores - atrapados en la red de los silogismos. Fabricáis ingenieros, magistrados, médicos a quienes escapan los verdaderos misterios del cuerpo, las leyes cósmicas del ser; falsos sabios, ciegos en el más allá, filósofos que pretenden reconstruír el Espíritu. El más pequeño acto de creación espontánea constituye un mundo más complejo y más revelador que cualquier sistema metafísico.

Dejadnos, pues, Señores; sois tan solo usurpadores. ¿Con qué derecho pretendéis canalizar la inteligencia y extender diplomas de Espíritu?

Nada sabéis del Espíritu, ignoráis sus más ocultas y esenciales ramificaciones, esas huellas fósiles tan próximas a nuestros propios orígenes, esos rastros que a veces alcanzamos a localizar en los yacimientos más oscuros de nuestro cerebro.

En nombre de vuestra propia lógica, os decimos: la vida apesta, señores. Contemplad por un instante vuestros rostros, y considerad vuestros productos. A través de las cribas de vuestros diplomas, pasa una juventud demacrada, perdida. Sois la plaga de un mundo, Señores, y buena suerte para ese mundo, pero que por lo menos no se crea a la cabeza de la humanidad."

Los textos de Antonin Artaud, impregnados de un abierto ardor insurreccional, están redactados en forma de cartas abiertas, publicados en 1925 en el tercer número de La Révolution Surréaliste, y dirigidos contra aquellas instituciones o sus representantes frente a los cuales el surrealismo comienza a organizar ya su clamor de protesta.

viernes, 6 de febrero de 2009

LA VIDA, INSTRUCCIONES DE USO.

"Me gusta la vida rodeado de campo, donde puedo entre líneas encender mi chimenea; me gusta estudiar porque desde joven quise enriquecer mi hoy con el conocimiento del ayer; me gusta la vida que tengo ahora porque es buena para envejecer y servir a los míos con devoción; no me gustan las prisas, las chapuzas ni la política del hecho consumado; detesto la mentira y la reducción simplificadora; las mujeres coquetas y al que cifra su ambición en mandar sobre otros. Me dan lástima quienes olvidan la vida física tal cual es regalándosela a un mañana incierto, y desconfío de quienes confunden su confundida melancolía con estados generales. Con la ternura soy ambivalente: es la médula de mis huesos aunque corta como una navaja con sus nostalgias."

Antonio Escohotado.

miércoles, 4 de febrero de 2009

NO ME TAPÉIS EL SOL.

Diógenes de Sínope fue el filósofo griego más famoso de la secta cínica. Vivió en el siglo IV antes de Cristo. Fue una figura muy interesante y controvertida. Vivía como un mendigo, tenía unas necesidades mínimas, era sincero con los poderosos hasta la impertinencia. Se le atribuyen muchas anécdotas, recogidas en diferentes fuentes, muy especialmente en la obra Vidas de filósofos ilustres, escrita por su tocayo Diógenes Laercio en el siglo III d.C.

La anécdota más curiosa y famosa de entre las atribuidas al filósofo se refiere a su encuentro con el emperador Alejandro Magno. Se cuenta que, estando Diógenes en Corinto, dormía en un tonel o tinaja. Una vez llegó a la ciudad Alejandro, con su aparatoso ejército. Toda la población de Corinto fue a recibir al emperador, pero Diógenes era absolutamente indiferente al boato del rey, y se quedó sesteando ante su tonel. Entonces fue el propio Alejandro Magno quien, conocedor de la fama del filósofo, buscó a Diógenes. Le ofreció obsequiarle con los dones que el filósofo le solicitara. Pero Diógenes sólo le pidió una cosa: que el emperador se apartara, para que no le tapara el sol. El episodio es narrado o aludido en numerosas fuentes antiguas grecolatinas, incluyendo a Cicerón (Tusculanae Disputationes 5.32), Valerio Máximo (4.3.ext.4) y Plutarco (Vida de Alejandro 14). He aquí el relato más completo de los tres, el de Plutarco, en traducción castellana:

"Congregados los griegos en el Istmo, decretaron marchar con Alejandro a la guerra contra Persia, nombrándole general; y como fuesen muchos los hombres de Estado y los filósofos que le visitaban y le daban el parabién, esperaba que haría otro tanto Diógenes el de Sínope, que residía en Corinto. Mas éste ninguna cuenta hizo de Alejandro, sino que pasaba tranquilamente su vida en el barrio llamado Craneto; y así hubo de pasar Alejandro a verle. Hallábase casualmente tendido al sol, y habiéndose incorporado un poco a la llegada de tantos personajes, fijó la vista en Alejandro. Saludóle éste, y preguntándole enseguida si se le ofrecía alguna cosa, "muy poco —le respondió—; que te quites del sol". Dícese que Alejandro con aquella especie de menosprecio quedó tan admirado de semejante elevación y grandeza de ánimo, que, cuando retirados de allí empezaron los que le acompañaban a reírse y burlarse, él les dijo: Pues yo a no ser Alejandro, de buena gana fuera Diógenes."

martes, 3 de febrero de 2009

HABLAR Y HACER.

"Sobra la oposición entre hablar y hacer. Domina en nuestro mundo una idea, profundamente arraigada (desde la antítesis griega de érgo «de hecho», frente a lógo «de palabra», hasta la teoría política reciente sobre el paso de teoría a praxis), que contrapone el hablar o razonar con el hacer o práctica real. Al separarlos de ese modo, con ello se justifica y consolida el esquema de relación entre ambos que rige en el comercio y la política habitual, a saber: 1) se habla o razona para llegar a una conclusión, 2) de esa conclusión se deriva un proyecto, programa o plan de acción, 3) se pasa a la práctica y se realiza el plan establecido.

Ya se entiende que, mediante ese esquema, se trata de asegurar que la acción no consista en otra cosa que en hacer lo ya previsto, es decir, hacer lo que ya está hecho; que es justamente lo que conviene para el sustento de las estructuras de política y comercio establecidas y el éxito de sus negocios.

Y se trata, por el otro lado, de que el hablar o razonar, como sometido que está a la busca de conclusiones y a la acción futura, resulte falto de interés en sí, puesto que, al estar destinado a sostener una idea y servir a la presupuesta acción futura, apenas podrá el hablar o razonar (salvo por fallo de la máquina) venir a dar en hallazgos, invenciones ni descubrimientos inesperados.

Ese esquema de la acción también puede describirse más sintéticamente así: que la separación entre el hablar (de la acción) y la acción (de lo previsto) consigue, al poner la acción en el futuro, convertir todo lo que la precede en un tiempo vacío, donde no va a hacerse nada (más que lo que va a hacerse), donde no debe suceder nada (más que lo que está ya sucedido en el futuro).

Y es así como, al mismo tiempo que a la acción se la hace siempre futura (prevista, ideada o planeada por discurso previo), se consigue que el discurso o discusión preparadora de la praxis se vuelva, por así decirlo, aburrido por esencia, privado como está de todo elemento de sorpresa o inesperado: testimonio, las reuniones de negocios, los diálogos de políticos (estén en el poder o estén organizándose para la acción futura) o el mismo discurso académico, destinado a hacer saber lo ya sabido.

A la vez que la acción de lo ya hecho crea, por su planeamiento, el tiempo vacío que le conviene, también queda sumido el hablar y razonar en el tiempo vacío así creado y, por su propio aburrimiento, condenado a la inutilidad.

Por ello será tanto más oportuno recordar lo que la consideración desprevenida y el sentido común entiende: que el hablar y el razonar son una acción, y que no se sabe lo que hablar y razonar puedan hacer cuando se libran de su destino a la acción futura pero ciertamente, lo que hablar y razonar puedan hacer, si pueden algo, lo podrán precisamente en cuanto no estén condenados a llegar a conclusiones, a sostener ideas y a elaborar planes para la acción futura."

Agustín García Calvo.

AMISTAD A LO LARGO.

Pasan lentos los días
y muchas veces estuvimos solos.
Pero luego hay momentos felices
para dejarse ser en amistad.

Mirad:
somos nosotros.

Un destino condujo diestramente
las horas, y brotó la compañía.
Llegaban noches. Al amor de ellas
nosotros encendíamos palabras,
las palabras que luego abandonamos
para subir a más:
empezamos a ser los compañeros
que se conocen
por encima de la voz o de la seña.
Ahora sí. Pueden alzarse
las gentiles palabras
-ésas que ya no dicen cosas-,
flotar ligeramente sobre el aire;
porque estamos nosotros enzarzados
en mundo, sarmentosos
de historia acumulada,
y está la compañía que formamos plena,
frondosa de presencias.
Detrás de cada uno
vela su casa, el campo, la distancia.

Pero callad.
Quiero deciros algo.
Sólo quiero deciros que estamos todos juntos.
A veces, al hablar, alguno olvida
su brazo sobre el mío,
y yo aunque esté callado doy las gracias,
porque hay paz en los cuerpos y en nosotros.
Quiero deciros cómo trajimos
nuestras vidas aquí, para contarlas.
¡Largamente, los unos con los otros
en el rincón hablamos, tantos meses!
que nos sabemos bien, y en el recuerdo
el júbilo es igual a la tristeza.
Para nosotros el dolor es tierno.

¡Ay el tiempo! Ya todo se comprende.

Jaime Gil de Biedma.

lunes, 2 de febrero de 2009

QUIEN LO PROBÓ LO SABE.

"...mas agora, triste de mí, que cuando quiero dormir no puedo, la noche es más larga que querría, cosa que coma no me sabe bien, antes me amarga como hiel, mis manos son innútiles y sin provecho que no tienen fuerça ni se alçan para ayudarme a vestir, mi coraçón no tiene harto tiempo para pensar, solo desseo siempre estar, que ninguno no me dixesse cosa: si esto es bivir, ¿qué cosa puede ser morir?"

Juanot Martorell, Tirante el Blanco, cap. CIII.