martes, 8 de octubre de 2013

LA EDUCACIÓN DE LA EXCELENCIA.

En torno al actual ataque a la enseñanza pública en el Estado español, he recordado una conferencia del escritor Rafael Sánchez Ferlosio en un Instituto de Coria (publicado en La hija de la guerra y la madre de la patria, Destino, 2002). En ella, recuerda que precisamente la enseñanza es, en grado máximo, uno de esos ámbitos de vida pública que el neoliberalismo dominante ve con tanta prevención (con la excusa de tratar de liberar a los individuos del carácter "dirigista" del Estado). Por ello, estos neoliberales confunden la "libertad de enseñanza" con el derecho de los padres a elegir el colegio que les parezca conveniente para sus hijos (desde sus supuestos derechos como contribuyentes y consumidores). También critica Sánchez Ferlosio la "aspiración a la excelencia" en cuyo espejo se complace el individualismo liberal (algo que une a otras virtudes como "el afán de superación" o el viejo y cristiano "espíritu de sacrificio" o, en términos más modernos, "cultura del esfuerzo"). Por el contrario, frente a este espíritu competitivo, y respecto a las notas, Sánchez Ferlosio defiende que las calificaciones deberían dejar de ser evaluativas y reducirse a "aprobado" y "suspenso", evitando que la especificidad de cada conocimiento se difumine en la función instrumental de comparar personas: "Humano no es medirse con los otros hombres, sino ocuparse de las cosas". Otro aspecto polémico es el del papel de las familias, "clientes" y "consumidoras" de ese servicio crecientemente privatizado que es la educación. Creo que la escuela debe ser democrática y estar abierta a la participación social, pero otra cosa es que ésta se limite a "las familias", frecuentemente utilizadas por los sectores neoliberales en las estrategias de privatización social de servicios públicos como la enseñanza. La tutela familiar, como señala Sánchez Ferlosio, no debería extenderse sobre los niños en el ámbito público de la enseñanza, actuando "a la manera de una rémora que le impide (al niño) hacerse verdadero protagonista autorresponsable de su propio interés por los contenidos de las cosas que podían aprender". Se puede así producir un feroz "contubernio entre profesores y familias sobre las cabezas de los niños". Como también ha señalado Fernando Savater, la escuela en ocasiones también nos libera de nuestras familias. Desde la Administración educativa se insiste en la participación e implicación de las familias en la educación, se crean incluso escuelas de padres, padres-tutores de aula... Pero no existe ningún interés en la participación del alumnado. Se abre la escuela a la empresa, pero se cierra a otras organizaciones sociales como las asociaciones vecinales o los sindicatos. También denuncia Sánchez Ferlosio la "educación personalizada" que tanto publicita la escuela de pago y que tienden a imitar los actuales "gestores" de la escuela pública. Pero los fines de la enseñanza, de los conocimientos que trata transmitir, residen en una radical y absoluta impersonalidad, su índole indistintamente válida para todo el común de los mortales. Unos conocimientos que, en el proceso de burocratización al que los somete la ortopedia administrativa, su homologación, reglamentación y unificación, acaban sufriendo grandes destrozos.Y es que muchas veces nos preguntamos los profesores si realmente enseñamos, por ejemplo, filosofía, o simplemente preparamos para la prueba de selectividad; si nos afanamos por cumplir una programación y unos objetivos más que por transmitir "el placer de descubrir"; si nos acercamos a cada niño respetando sus diferencias o medimos cada día el desarrollo de las competencias -esas y no otras- que la administración considera básicas a su edad. Por último, Sánchez Ferlosio trata de "esa degenerada infraespecie del género Libro conocida como libro de texto" frente al que defiende el uso de monografías como procedimiento de iniciación. Frente al compendio ya digerido de los contenidos de la asignatura, Sánchez Ferlosio defiende "un conocimiento empírico, accesible a los sentidos y a la imaginación, enteramente envuelto en las circunstancias contingentes de su propio acceso y el avanzar de las averiguaciones, impregnado en la concreción de los más menudos datos de su tiempo, su espacio, sus gentes, sus lugares...". Mi experiencia es que en ocasiones dedicamos más tiempo en explicar el libro de texto que en ir directamente a explicar los conocimientos que realmente importan. El libro de texto, las unidades didácticas, las programaciones de aula, el desarrollo de las competencias en cada tema, y el propio diario de aula, no son en ocasiones instrumentos para el aprendizaje sino que se convierten en fines en sí mismos, que nos hacen olvidar el verdadero objetivo de la enseñanza. Estos registros deben seguir la terminología y estructura de la moda psicológica del momento, ya sea conductista o constructivista, de una forma acrítica. Y a la vez, estos registros se vacían, o despachan en pocas líneas introductorias, de cualquier consideración sociológica o antropológica. La burocratización se hace tan grande que, el profesorado desconfía de estos registros, administrados a su conveniencia y arbitrariedad por la inspección educativa, con la intencionalidad claramente declarada de medir la productividad del trabajo en el aula, y detectar las desviaciones y errores en la consecución de los objetivos previstos. Una compañera comentaba el otro día en la sala de profesores que, después de varias reuniones en las que le entregaron algunos documentos a cumplimentar y nuevas tareas de tutoría, sólo deseaba que tocara el timbre y poder dar clase (una tarea a la que, pese a sus dificultades, veía más sentido y mucho más próxima a lo que entendía realmente como su trabajo).

lunes, 7 de octubre de 2013

FUNES EL MEMORIOSO.

"Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras." Jorge Luis Borges.

sábado, 5 de octubre de 2013

GABRIEL FERRATER.

Carl Friedrich V. Weizsäcker era profesor de filosofía en la universidad de Hamburgo (habiendo sido durante el nazismo uno de los padres de la bomba atómica) pero ese otoño de 1963, en la iglesia de San Lorenzo de Frankfurt, le otorgaron el Premio de la Paz de los libreros, dentro de los actos de la Feria Internacional del Libro. Entre los asistentes a tan prestigiada feria se encontraba el enviado de un editor de Hamburgo (Heinrich Ledig Rowohlt), un cuarentón español de Reus llamado Gabriel Ferrater, adicto al beber como Rowohlt, pero además políglota, buen poeta y mejor crítico. También pululaba por los escenarios de la feria una joven y agraciada periodista nortamericana, Jill Jarrell, colaboradora de la agente literaria Carmen Balcells, catalana como Ferrater (esta, leridana afincada en Barcelona, y relacionada con Carlos Barral y el propio Ferrater desde la década anterior). Gabriel acababa de romper con Helena Valentí, con la que vivió unos meses en el barrio londinense de Kensington. Esta tenía trabajo estable como lectora en la universidad de Durham y llevaban un par de años de noviazgo, por lo cual él se buscó, ese mismo año 63, un empleo de traductor en Londres (en la editorial Weidenfeld&Nicholson) que no le duró demasiado, por lo que recordando al editor alemán no se lo pensó dos veces y fue a ver a Rowohlt en Hamburgo. Después, poco le importaba otra cosa que no fuera Jill, a la que deslumbró en la fiesta que dio en Frankfurt un aristócrata alemán y, antes que finalizase la feria del libro, ya estaba hablándola de matrimonio. Efectivamente se casaron por lo civil en Gibraltar (el 2 de septiembre de 1964) pero no tardó él en preterirla por culpa de sus tres grandes vicios irrenunciables: alcohol, tabaco y libros. Libros sobre todo para bebérselos como botellas de ginebra, aunque también para escribirlos desde 1958, año en el que la primavera le hizo poeta. También cabe contar entre sus aficiones obstinadas a las chicas, generalmente mucho más jóvenes que él. Dicha primavera del 58 le impulsaron a escribir poemas a Isabel Rocha (una prima de su amigo Carlos Barral que le dio calabazas por Jaime Salinas). Después de Isabel, pasa a enamorarse de la mencionada Helena, hija de su amigo Eduard Valentí. Pero ya estábamos en el después de Helena, con la rubia Jill Jarrell, que terminó abandonándole harta de sus tres vicios declarados, y de su incapacidad para ganarse la vida con un cierto desahogo económico. En 1969 se divorcian oficialmente y toma el relevo su ángel tutelar, Marta Pessarrodona, que lucha más que él mismo contra el alcohol, ya enemigo declarado y triunfante sobre el poeta suicida. Cuando las cosas empiezan a irle bien, gracias a la lingüística, su última pasión, y al halo misterioso de erudito rebelde y profesor en vaqueros que arroba a sus alumnas de la Autónoma, inexplicablemente todavía, la madrugada del 27 de abril de 1972, se toma somníferos de más y se ata al cuello una bolsa de basura, de esas de plástico, en la que ha metido la cabeza para acabar con todo. Dura es la soledad y por las noches es insufrible. Blanda es la falacia de cuerpos próximos, caricias y besos. Cuando la luna invade este vacío que hay a mi alrededor, caigo en la cuenta de porqué necesito tu presencia. No, no estaba Marta esa noche final. Le suponía en casa de una alumna y su marido a los que dio plantón, pues le esperaban a cenar. García Hortelano ya tenía avisado que aquellos “niños de retaguardia” tenían riesgos añadidos . Con la guerra incivil en las entrañas, y los continuos tiempos del estado de excepción que ya no pudo soportar después de haber respirado en libertad en sus salidas europeas, los Ferraté perdían su más glorioso vástago, y los que le conocían como Ferrater un amigo y animador de sus reuniones insustituible. Estos amigos que ahora cuentan que a Gabriel Ferrater le gustaba especialmente el escándalo y que aunque ligaba poco se encendía mucho, pues la suya era una sexualidad exacerbada, que pagaban las pobres meretrices a las que no pagaba. Yo no me creo que tuviese envidia de Jaime Gil ni de Carlos Barral porque la vida sí les sonreía bastante más, club informal y etílico, noctívago pero diligente al clarear los días, lejos del ático de Carlos e Ivonne (en San Elías, justo encima del pintor Tápies). Blas de Otero sin Sabina de la Cruz, Monique Lange, después mujer de Goytisolo, también noctihabitual de aquellas reuniones donde lo intelectual sobrepasaba las más altas cordilleras de la ingesta de alcohol. Si no era allí en lo alto, era en lo bajo (el sótano de Gil de Biedma) o el palacete de Salinas, el que le dio el no a Isabel, la primita de Barral, lo misma que ella se lo diera anteriormente a Ferrater. Las horas entre cóctel y cóctel literario las pasaba el alcohólico poeta devorando los libros de sus amigos, y los que llegaban a la editorial Six i Barral (en la que llegó a ser director literario). Pero entonces, pasadas las penurias exteriores, en su interior le estallaría la bomba del pasado aún sin explotar. Le había dicho poco antes a su compañera y último amor: “Marta, els llops ja m'encalcen els talons”. Y en su entierro su propia madre no podía hacerse idea del por qué: ““No sabeu com n'estava de malalt”.

EL MAR DE HIELO.

"Si el libro que leemos no nos despierta de un puñetazo en el cráneo, ¿para qué leerlo?... Un libro tiene que ser un hacha que rompa el mar de hielo que llevamos dentro." Franz Kafka.

jueves, 1 de noviembre de 2012

VULGAR NEGOCIO.

Quiero creer que nuestro mal gobierno es un vulgar negocio de los hombres y no una metafísica, que España debe y puede salir de la pobreza, que es tiempo aún para cambiar su historia antes que se la lleven los demonios. Porque quiero creer que no hay demonios. Son hombres los que pagan al gobierno, los empresarios de la falsa historia, son hombres quienes han vendido al hombre, los que le han convertido a la pobreza y secuestrado la salud de España. Jaime Gil de Biedma.

jueves, 27 de septiembre de 2012

ESCRITOR.

"El gran escritor es sucesor del príncipe del espíritu y corresponde en el mundo espiritual a los príncipes sustituidos por la gente rica; la consumación de este remplazo se ha conseguido en el mundo político. Así como el príncipe del espíritu pertenece al tiempo de los príncipes, el gran escritor pertenece al tiempo de los grandes espectáculos y al de los grandes almacenes. Es una forma peculiar de unión del espíritu con las grandes cosas. Lo menos que se puede pedir a un gran escritor es que posea un automóvil. Tiene que viajar mucho, ser recibido por ministros y dar conferencias; debe causar la impresión, ante los jefes de la opinión pública, de que representa una fuerza de conciencia digna de consideración; es el chargé d’affaires del espíritu nacional, es que merece la pena dar pruebas de humanidad en el extranjero; recibe, cuando está en casa, a notables personalidades y en toda ocasión debe estar atento a su negocio, el cual debe manejar con la flexibilidad de un artista circense cuyos esfuerzos no han de traslucirse. El gran escritor no es, ni mucho menos, lo mismo que un escritor de grandes ingresos. No es necesario que escriba “el libro más leído” del año o del mes; basta con que no tenga nada que objetar a este sistema de valoración. Se sienta a la mesa de toda presidencia, firma apelaciones, escribe todos los prólogos, pronuncia todos los discursos conmemorativos, expresa su opinión sobre todos los acontecimientos importantes y es llamado de todas partes donde se quieran mostrar los progresos del desarrollo. En efecto, el gran escritor nunca representa con sus actividades a una nación entera, sino únicamente a la parte del progreso, a ese gran núcleo en el que se concentra todo lo más selecto, y esto le hace vivir en una constante tensión espiritual." Robert Musil, El hombre sin atributos, Segunda parte, Capítulo 95.

lunes, 17 de septiembre de 2012

UNA HABITACIÓN PROPIA.

"Hoy vi un plano de Viena, durante un instante me pareció incomprensible que hayan construido una ciudad tan grande, cuando tú sólo necesitas una habitación." Franz Kafka, 1921

miércoles, 25 de julio de 2012

PIENSO, LUEGO EXISTO.

http://www.youtube.com/watch?v=28VvrgViLh0

martes, 17 de julio de 2012

A SU ESQUIVA DAMA.

De tener tiempo y mundo suficientes, no sería delito tu recato. Dónde ir pensaríamos, sentados, y en pasar nuestro amor en largo día. Tú, en las riberas índicas del Ganges en busca de rubíes; yo, plañendo en las ondas del Humber. Te amaría desde diez años antes del Diluvio: y rehusar podrías, si quisieseis, hasta la conversión de los judíos. Mi vegetal amor se extendería más vasto que un imperio y más despacio. Unos buenos cien años yo daría para alabar tus ojos y tu frente, doscientos adorando cada pecho: y quizá treinta mil en cuanto resta. Mil años, por lo menos, cada parte, si al fin tu corazón se me mostrase. Pues, Señora, mereces tal respeto; y amarte no podría a menos precio. Pero, detrás de mí, yo siempre escucho la carroza del tiempo, inexorable: y allende de nosotros se dilatan desiertos de la vasta eternidad. No tendrás todo el tiempo tu belleza, ni habrá de resonar en tu sepulcro el eco de mi canto: pues gusanos probarán tu inmortal virginidad: tu honor sin par se habrá tornado polvo; muertas cenizas todo mi deseo. La tumba es un lugar íntimo y bello, pero creo que allí nadie se abraza. Por eso, ahora, cuando un fresco tinte vive en tu piel cual matinal rocío, y mientras tu alma diáfana transpire por cada poro fuegos instantáneos, vámonos a gozar mientras podamos; como amorosas aves de rapiña, devoremos al punto nuestro tiempo, en vez de perecer entre sus fauces. Envolvamos, pues, todas nuestras fuerzas, nuestra dulzura toda, en una esfera: nuestros placeres, bastos, adentremos por el portal de hierro de la vida. Si parar no podemos nuestro sol, al menos obliguémoslo a correr. Andrew Marvell (1621-1678)

martes, 22 de mayo de 2012

IMAGINANDO UN RÍO.

Una vez me contaron que Juan Benet, en sus últimos días, a veces se quedaba ensimismado y luego explicaba: estaba imaginando un río. A mí también me pasa, imagino ríos, pero como si fueran de verdad. Creo que así lo haría Benet:
Este es un río que dibujó Benet (el diletante) a lápiz en 1976. Así veo también los ríos, cuando cierro los ojos, siempre es el curso superior, casi en el mismo nacimiento, siempre en una montaña que recuerda a las del Guadarrama. Un hendidura que forma un valle, un hilo de agua entre dos laderas. (Del blog de Rafael Reig).

domingo, 22 de abril de 2012

POÉTICA.

"De mi afición a callar proviene el desagrado que me causan las personas -se cuentan por millares- que sin tener nada que decir, siempre están hablando. Esto me apartó de las “peñas de café”, con ínfulas de cátedra, a donde acuden los artistas jóvenes ganosos de renombre, y me impidió buscar el favor de la crítica. Aunque enamorado de la gloria, nunca concurrí a ningún certamen, ni pensé jamás en alcanzar el Premio Nobel, ni solicité el honor de figurar en las Enciclopedias. Retraimiento que no achaco a timidez, ni a orgullo, sino al intocabe respeto que me debo a mí mismo."

Eduardo Zamacois (1873-1971).

domingo, 8 de abril de 2012

DOMINGO DE RESURRECCIÓN.

"Ya se que se ha escrito todo ya. Pero conviene repetirlo, para que no se olvide."


Marcel Proust.

lunes, 30 de enero de 2012

SALVO EL CREPÚSCULO.

No aceptar otro orden que el de las afinidades,
otra cronología que la del corazón,
otro horario que el de los encuentros a deshora,
los verdaderos.


Julio Cortázar.

domingo, 29 de enero de 2012

A GRANDES MALES...

Grandes remedios? ¡No, por Dios! Eso sería sumamente peligroso: podría llegar a atentar contra el propio mal, y entonces ¿qué iba a ser del régimen del bienestar?

Estoy hablando de lo que todo el mundo habla: de la actualidad política, o séase económica, de nuestros Estados, inquietante ciertamente, por no decir que desastrosa: es la que durante largos años se ha venido llamando crisis, que últimamente toca entre nosotros a las exigencias de la unión económica europea para con los países menos educados o bien regidos, y que en todo caso afecta justamente a los Estados desarrollados, sean los europeos, los unidos de América o el Japón, de tal modo que se trata evidentemente de un mal inherente al régimen del bienestar en que ha venido a parar el desarrollo.

Me paro aquí a hacer notar, por si hacía falta, la enorme desproporción (numérica, dineraria) de las medidas que políticos, financieros y economistas proponen, imponen a sus poblaciones y hasta ponen en práctica como buenamente pueden, frente a la magnitud de las faltas, necesidades, estropicios o agujeros que en la economía de los Estados se producen. Otros, más estudiosos que yo de las grandes cuentas y cifras, tienen que haberles hecho saber, aunque sea tímidamente, esa desproporción: que, sumados todos los importes de esos remedios que se han propuesto o aplicado, no podrían montar más que a una mísera fracción de los que las nuevas necesidades y desajustes de Estados, bancas o cualesquiera finanzas representan.

Sin cifras, el mero sentido común descubre que estas medidas o remedios que les sacan hoy los dirigentes son los mismos que se recordaban como propios del antiguo régimen: restringir gastos, apretarse, como decían, el cinturón, y hasta ahorrar, remedios ridículamente impropios para el régimen actual, que se mueve por una circulación dineraria sumamente alejada de las cosas palpables y por el despilfarro y producción de objetos no pedidos ni dirigidos a más consumo que su compra. De manera que, si algo de humor le dejaran vivo a la gente, se reiría de esas medidas y remedios como de una cataplasma aplicada a un cáncer.

Está claro, salvo para quien tenga interés en no verlo, que el mal pertenece al propio régimen actual del mundo desarrollado, el del poder entregado al movimiento del dinero.

Sería una buena ocasión de reconocer que este régimen, con todo su enorme éxito y por la calidad de su éxito justamente, era en su estructura y programa mismo una insensatez, una de las grandes insensateces que jalonan la historia de los seres ilusos que somos: pretender que eso de la vida que podía vivirse se puede cambiar tranquilamente por una dedicación de las personas (y las cosas) a venderse y comprarse unas a otras, y pretender que lo que pasa, está pasando o pueda pasar, se reduzca todo a tiempo, a futuro (que es lo solo con que el dinero sabe trabajar), y que ese futuro contado se tome como un sustituto de la vida y las posibilidades. Esa insensatez, por cierto, no se puede atribuir a ningún economista o mentes preclaras que la hayan inventado y la manejen: así como hoy día no pueden los entendidos en economía y finanzas dar razón de lo que le pasa al dinero (no entienden lo que pasa porque se creen que sí), así tampoco podemos achacarles la fundación ni dirección del régimen del dinero: es más bien el dinero el que, con sus ideas y teorías, los toma a su servicio para hacer de las suyas, esto es, para realizar las funciones que a él solo le corresponden.

Que los males que dan lugar a tantas quejas, arreglos y diatribas pertenecen al régimen mismo del dinero, el sentido común lo dice.

Sería poco amable pensar de mí que con esto estoy proponiendo como sola cura un cambio radical de régimen, un abandono del dinero. No es así. Pero eso no quita para que tenga sentido intentar que mucha gente del común reconozca que los remedios del mal con que los agobian y aburren son una ilusión, engaño y triste divertimiento.

Es cierto que este diario y los demás medios tienen que dedicar larga atención y espacio a esas medidas ilusorias y discusiones consiguientes: al fin y al cabo, la información es seguramente la industria más importante del régimen del bienestar, la que más capital mueve. Pero que ello no quite que, por algún resto vivo de imperfección y duda, se le pueda en este o los otros medios dedicar al sentido común un rinconcito.


Agustín García Calvo, El País, 29 de enero de 2012.

domingo, 15 de enero de 2012

ESTEREOTIPOS, IDEOLOGÍA Y E. A. POE.

"Los que hayan leído textos míos que no sean de ficción, sino ensayos o artículos, habrán podido observar cuánto uso se hace en ellos de citas literarias entrecomilladas, tomadas sobre todo de la prensa. Los diarios, que compro sin recato, mesirven a menudo de andaderas o muletas para mis propias reflexiones. En ellos predomina la apariencia manifiesta de los hechos; y no sólo en las frases literarias que recogen de boca de políticos, sino también en la prosa de los mismos periodistas se deslizan fácilmente, a causa de la urgencia, las rutinas y los comodines de las representaciones comunes y vírgenes.
Siempre he pensado que esas prosas y decires inevitablemente improvisados eran una fuente especialmente indicada para llegar a percibir la ideología imperante. Mi recurso, a este respecto, no consiste en mirar por detrás ni por debajo de tal o cual aparición singular de un determinado estereotipo rutinario, sino en mantenerme en la mera superficie, con la atención despierta para arrimar entre sí distintas recurrencias en textos separados que presenten una cierta relación de analogía perceptible. Aplicando aquí términos propios de la medicina, podría decirse que mi tratamiento no es, en modo alguno, «etiológico», sino estrictamente «sintomático». No cabe duda de que este inevitable vicio de la «superficialidad», de no buscar jamás un «fondo», no es, en modo alguno, el único método posible ni acaso el más recomendable, pero aparte de que no sabría ofrecer otro, no lo encuentro inútil.
Lo ilustraré con un ejemplo sumamente genérico: a cada paso estamos leyendo el estereotipo de «un merecido descanso», fórmula tan manida que ya ni siquiera detenemos el oído. Pero si este estereotipo se nos viene de pronto a la memoria al leer en otros textos diferentes otras dos expresiones parecidas y no menos rutinarias, como «una sana alegría» o «un honesto esparcimiento», salta al instante el timbre que nos advierte de la eventual presencia de una posible ideología. ¿Por qué -nos preguntamos- el descanso tiene que ser «merecido», la alegría tiene quer ser «sana» y el esparcimiento tiene que ser «honesto»? Debe de haber una mentalidad para la que esas tres cosas sólo son tolerables si vienen avaladas por una justificación moral. La prueba inversa, que confirma la sospecha, está en el hecho de que a ninguna de las tres cosas contrarias, a saber: el cansancio, la tristeza y el aburrimiento, se les exija, en absoluto, alguna suerte de justificación moral equivalente. A mi entender, el caso pone de manifiesto la acrisolada pervivencia de una mentalidad para la que todo lo placentero, como el descanso, la alegría y el esparcimiento, sólo es lícito cuando está moralmente justificado. De manera que los tres estereotipos recogidos: «un merecido descanso», «una sana alegría» y «un honesto esparcimiento», serían improntas dejadas en el habla por una añeja tradición de ideología represora.
En un texto ya muy antiguo remitía yo, como de broma, mi manera de discurrir a la de aquel admirable personaje de Edgar Allan Poe en sus dos novelas policíacas, «El doble asesinato de la calle Morgue» y «El misterio de María Roget», o sea el detective aficionado Auguste Dupin, que para la investigación de ambos casos se encerraba con su amigo, el cronista de la historia, en una habitación con luz artificial -incluso durante el día, previo cierre de persianas- y sólo se servía de las reseñas y los comentarios de los periodistas de sucesos para sus deducciones. Pues bien, hace sólo unos días mi mujer, Demetria Chamorro, releyendo aquellas dos novelas e informada de lo que yo quería escribir para esta ocasión, me dijo de pronto: «Mira lo que dice aquí», y me leyó el juicio que a Monsieur Dupin le merecía el método de Vidocq, un inspector de la policía de París, que es el siguiente: «... era un hombre muy perseverante y lograba excelentes conjeturas. Pero, al no tener un pensamiento adiestrado, se equivocaba constantemente por la intensidad misma de sus investigaciones. Alteraba su visión por mirar el objeto desde demasiado cerca... En el fondo se trataba de un exceso de profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo. En realidad, creo que en lo que se refiere al conocimiento más importante, la verdad es siempre superficial». Hasta aquí la cita de Edgar Allan Poe, la cual redunda demasiado a favor de lo que he dicho de mis procedimientos como para que no les prevenga honestamente de que ni a Monsieur Dupin, ni mucho menos, por supuesto a mí, nos tome nadie demasiado en serio."


Rafael Sánchez Ferlosio, ABC, 7 de septiembre de 2003.

sábado, 14 de enero de 2012

APUNTES.

"Las naciones son rameras y plañideras."

Elias Canetti (1905-1994).

sábado, 7 de enero de 2012

ROBINSON CRUSOE.

"Y es por esto que el solo nombre de español es tenido por odioso y atemorizador por todas las gentes con humanidad o con compasión cristiana, como si el reino de España se distinguiera particularmente por la producción de una raza de hombres que no tuvieran principios de piedad o las comunes entrañas de compasión hacia los que sufren, lo que se considera la señal de un ánimo generoso."


Daniel Dafoe (¿1660?-1731).

lunes, 26 de diciembre de 2011

VOLVERÁS A REGIÓN.

"Le voy a decir en pocas palabras lo que yo creo que es el tiempo. (…) Es la dimensión en que la persona humana sólo puede ser desgraciada, no puede ser de otra manera. El tiempo sólo asoma en la desdicha y así la memoria sólo es el registro del dolor. Sólo sabe hablar del destino, no lo que el hombre ha de ser sino lo distinto de lo que pretende ser. Por eso no existe el futuro y de todo el presente sólo una parte infinitesimal no es pasado; es lo que fue".
[...]
"Quizá me equivoque, pero ahora me parece tan evidente… sólo lo que no pudo ser es mantenido en el nivel del recuerdo –y en registros indelebles—para constituir esa columna del debe con que el alma quiere contrapesar el haber del cuerpo. Así que la memoria nunca me trae recuerdos; es más bien todo lo contrario, la violencia contable del olvido".
[...]
"Entonces me dije: mírate por dentro, ¿qué guardas en el fondo de tu más íntimo reducto? Ni es amor, ni es esperanza, ni es –siquiera– desencanto. Pero si aplicas con atención el oído observarás que en el fondo de tu alma se escucha un leve e inquietante zumbido –hecho de la misma naturaleza del silencio--; y es que está pidiendo una justificación, se ha conformado con lo que ahora es y sólo exige que le expliques ahora por qué eso es así".
[...]
"Mejor dicho, este mundo no es una trampa, sino un escondrijo (en cierto modo gratuito y frívolo, muy propio del diletante que carece de energías y motivos para abordar una actividad seria) que ese hombre se ha fabricado para ocultarse a su propio demonio. Incluso el humor procede de ahí, de la actitud de quien, quieto y oculto, ve cómo los demás corren frenéticos en pos del agujero que él ocupa" .


Juan Benet.

BOSQUEJO AUTOBIOGRÁFICO.

De noviembre de 1948 a la primavera de 1949 viví sola en Madrid. Mi abuela había muerto hacía poco y algunos de los muebles de la calle Mayor se habían trasladado a un pisito pequeño que compró mi padre en Madrid, regentado por las dos criadas viejas de la abuela, Paula y Marcelina, que eran como de la familia. Con ellas estuve viviendo durante ese tiempo, pero salía y entraba cuando me daba la gana y traía muchos amigos a casa. Habla reencontrado en Madrid a mi antiguo compañero de estu*dios Ignacio Aldecoa, y él me puso en contacto con mucha gente que conocía y que empezó a ser mi grupo: Medardo Fraile, Alfonso Sastre, Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio y Josefina Rodríguez, entre otros. Ninguno, excepto Josefina, era muy buen estudiante ni soñaba con ser profesor, todos llevaban en la sangre el virus de la literatura y empezaban a colaborar en revistas madrileñas, La hora, La estafeta literaria, Clavileño, Alférez, El español y Alcalá. En contacto con este grupo de amigos, mis proyectos universitarios se fueron diluyendo y me relajé bastante en el trabajo de la tesis, que había comenzado sobre los cancioneros galaico-portugeses y que, poco a poco, me empezó a aburrir. A ello contribuyó también el hecho de que el viejo profesor a quien había elegido para que me la dirigiera, don Armando Cotarelo, era un hombre apático, que nunca me estimuló y al que sólo vi dos veces. Trabajaba sola, sin ganas y como perdida en la Biblioteca del Consejo de Investigaciones Científicas. Empecé a escribir cuentos y artículos y a verlos publicados en alguna de las revistas mencionadas. Iba mucho al café, al teatro, a la taberna y de paseo con mis nuevos amigos, mucho menos universitarios que yo, mucho más bohemios, todos ellos buenos escritores. Conocí también a poetas, pintores, actrices y periodistas. Madrid me parecía una ciudad fascinante. Habla decidido que quería vivir siempre allí.
En enero de 1950 me hice novia de Rafael Sánchez Ferlosio, dos años más joven que yo y mal estudiante, pero excelente es*critor. Me dedicó su primer libro, Industrias y andanzas de Alfanhuí, y poco después se fue a cumplir el servicio militar a Tetuán. Nos escribíamos mucho y yo era la primera vez en mi vida que estaba tan enamorada y tan influida por alguien. Había abandonado por completo mi proyecto de la tesis doctoral, así como el de hacer oposiciones para ganar una cátedra. Mi experiencia con aquellas niñas del colegio de la calle Martínez Campos me había revelado que mis dotes para la enseñanza eran más bien escasas.
El 14 de octubre de 1953, me casé con Rafael Sánchez Ferlosio, que había terminado su servicio militar, pero no la carrera. Acababa de fundar con Sastre y Aldecoa la Revista española, que económicamente fue un desastre pero que ahora es muy buscada por los estudiosos porque allí colaboramos todos los prosistas de la llamada «generación de los años cincuenta». Los consejos de Rafael y de Aldecoa me habían servido para abandonar el tono lírico de mis primeras composiciones y para ser más rigurosa y exigente en mi prosa. Mi cuento La chica de abajo, que les había gustado mucho, es seguramente mi primera narración estimable y en ella ya están muchos de los elementos y temas que poste*riormente elaboré mejor. Rafael y yo (a pesar de que él había conseguido un trabajo modesto como secretario de un ingeniero) pensábamos vivir de nuestras colaboraciones literarias.
Después de casarnos, pasamos unos meses en Roma, en casa de los abuelos maternos de Rafael, en la Piazza de Santa Maria sopra Minerva, donde él había nacido. Luego volvimos en otras muchas ocasiones a aquella casa. Los abuelos de Rafael eran una gente encantadora y me encariñé mucho con ellos; la abuela Ida me enseñó a cocinar, que yo no sabía, y se pasaba las horas muertas hablando conmigo. Viajamos también a Nápoles, Florencia y Venecia. Italia se me metió muy dentro y además me puso en contacto con la literatura contemporánea del país, que me influyó mucho, sobre todo Pavese y Svevo. También estuvimos en París.
Desde que me casé vivo en Madrid, en un séptimo piso de la calle Doctor Esquerdo, que mi padre nos regaló, y que tiene una gran terraza. (Lo he descrito con todo detalle en mi novela El cuarto de atrás, durante la conversación con el hombre vestido de negro que me visitó una noche.)
Nunca tuvimos criada, nos repartíamos las tareas domésticas y trabajábamos con total independencia uno de otro. La misma independencia que manteníamos en todo, sin interferir nunca en las amistades ni en las manías del otro, y recibiendo continuamente a los buenos amigos. Él escribía sobre todo de noche, y yo también me volví bastante nocturna y muy poco esclava de los horarios. A ninguno nos gustaba el lujo superfluo de las comidas de ceremonia, lo que más nos unía era el gusto por hablar y el sentido del humor, aunque él es más crítico que yo, más inadaptado y menos sociable.
En primavera de 1954 obtuve el premio Café Gijón por mi novela corta El balneario. Tanto esta novela como todas las que escribí posteriormente no las leyó Rafael hasta que ya estaban terminadas. No quería dejarme influir por sus críticas, que muchas veces me desanimaban. Prefería que me las hiciese cuando el libro estaba ya en prensa.

Madrid, junio de 1980.


Carmen Martín Gaite (1925-2000)

domingo, 25 de diciembre de 2011

LA IMPORTANCIA DE MI MUERTE.

No me importaría morir con aguacero,
pero carezco de paraguas [...]
No me importaría morirme,
si fuera sólo por las mañanas.
Y no todas las mañanas [...]
No me importaría morirme,
si la muerte no fuera una cosa muy seria [...]
Si mi trabajo estuviese bien remunerado,
no me importaría, por mis herederos.
Pero con tal sueldo basta apenas
para ir tirando vivo.


Juan García Hortelano