miércoles, 25 de julio de 2012

martes, 17 de julio de 2012

A SU ESQUIVA DAMA.

De tener tiempo y mundo suficientes, no sería delito tu recato. Dónde ir pensaríamos, sentados, y en pasar nuestro amor en largo día. Tú, en las riberas índicas del Ganges en busca de rubíes; yo, plañendo en las ondas del Humber. Te amaría desde diez años antes del Diluvio: y rehusar podrías, si quisieseis, hasta la conversión de los judíos. Mi vegetal amor se extendería más vasto que un imperio y más despacio. Unos buenos cien años yo daría para alabar tus ojos y tu frente, doscientos adorando cada pecho: y quizá treinta mil en cuanto resta. Mil años, por lo menos, cada parte, si al fin tu corazón se me mostrase. Pues, Señora, mereces tal respeto; y amarte no podría a menos precio. Pero, detrás de mí, yo siempre escucho la carroza del tiempo, inexorable: y allende de nosotros se dilatan desiertos de la vasta eternidad. No tendrás todo el tiempo tu belleza, ni habrá de resonar en tu sepulcro el eco de mi canto: pues gusanos probarán tu inmortal virginidad: tu honor sin par se habrá tornado polvo; muertas cenizas todo mi deseo. La tumba es un lugar íntimo y bello, pero creo que allí nadie se abraza. Por eso, ahora, cuando un fresco tinte vive en tu piel cual matinal rocío, y mientras tu alma diáfana transpire por cada poro fuegos instantáneos, vámonos a gozar mientras podamos; como amorosas aves de rapiña, devoremos al punto nuestro tiempo, en vez de perecer entre sus fauces. Envolvamos, pues, todas nuestras fuerzas, nuestra dulzura toda, en una esfera: nuestros placeres, bastos, adentremos por el portal de hierro de la vida. Si parar no podemos nuestro sol, al menos obliguémoslo a correr. Andrew Marvell (1621-1678)